Establecimiento y uso del primer cementerio extramuros de España

Establecimiento y uso del primer cementerio extramuros de España

Establecimiento y uso del primer cementerio extramuros de España

Como ya comentamos en post anteriores, Carlos III fue el precursor del primer cementerio extramuros de España. El primero que regularizó y construyó como tal fue el de la Granja de San Ildefonso, y para que el resto de los cementerios se basaran en él, reguló en 1787 el establecimiento y uso del cementerio del Real Sitio de San Ildefonso, a través de una noticia.

Esta comienza con la advertencia de que no tiene por objeto recomendar la importancia y utilidad de enterrar los cadáveres fuera de las iglesias y de las poblaciones, ya que Carlos III en su cédula del 3 de Abril de ese mismo año hablaba de la obligatoriedad de que todos los cementerios del reino pasasen a ser de esta manera, si no que está escrita para guiar al resto de poblaciones en cómo deberían de ser sus nuevos cementerios.

Os transcribimos el reglamento, adaptado al castellano actual:

 I. Todos los cadáveres de las personas que fallezcan en el Real Sitio de San Ildefonso desde el día primero de Marzo próximo, de cualquier clase, estado y dignidad que sean, se enterrarán en el Cementerio cosntruido extramuros de él.

II. Cuando pueda extraerse el cadáver de la casa, se conducirá privadamente, bien a la Capilla de la V.O.T. (Venerable Orden Tercera) de San Francisco (inmediata a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en la que se ejercen as funciones parroquiales del Sitio) o bien a la Capilla del Cementerio; lo que dependerá de la última voluntad de los que mueran y de sus Testamentarios: a cuyo fin se tendrán prontas en la Parroquia unas andas con una caja grande cubierta t puesta sobre ruedas, que puedan llevar una o dos caballerías; y se enviarán a la casa mortuoria siempre que se pidan.

III. Si el cadáver se condujese a la Capilla de la V.O.T. permanecerá en ella hasta la hora en que haya que decirse la Misa y Nocturno. Entonces se pasará al a Iglesia para que se digan estos oficios, estando el cuerpo presente; y acabados se restituirá el cadáver a la Capilla, desde la cual se conducirla al Cementerio a la hora que pareciera más oportuna.

IV. Cuando se conduzca el cadáver al Cementerio desde la casa mortuoria en desechura, se dirán también en la Iglesia Parroquial los oficios correspondientes como si se llevase a ella.

V. Para que al tiempo de dar tierra a los cadáveres se diga el oficio de sepultura, se ha establecido que haya una habitación inmediata a la Capilla del Cementerio, que sirva para uso Eclesiástico, el cual tendrá la obligación de decir dio oficio, y dar al conductor del cadáver una cédula en que exprese en nombre del difunto, hora y lugar en que ha sido enterrado; cuya cédula entregará el conductor al Cura de la Iglesia Parroquial o a su Teniente para que siente la correspondiente partida. El mismo eclesiástico podrá servir también para decir en la Capilla del Cementerio las Misas que se le encargaren por las almas de los difuntos que se enterrasen en él.

VI. No se hará novedad en el pago y cantidad de los derechos con motivo de entierros se ha satisfecho hasta ahora; pues la manutención del Capellán de la Capilla del Cementerio y la conducción de los cadáveres serán a expensas de S. M. (Su Majestad), así como se ha hecho el Cementerio mismo; queriendo su Real beneficencia libertar al Sitio de San Ildefonso de los gravísimos males que ha experimentado en tantos años, por enterrarse en la Iglesia Parroquial y en su atrio todas las personas que fallecían en dicho Real Sitio, y que el remedio de estos males no le sirva del menor gravamen ni dispendio.

VII. Para que la Parroquia no quede perjudicada en los derechos de rotura de seulpturas que en ella se han hecho hasta aquí, se señalarán en el Cementerio otras tantas clases como había en la Iglesia; advirtiéndose que los Canónigos, Racioneros y Capellanes de la Real Iglesia Colegial se enterrarán en la inmediación de la Capilla, como lugar más distinguido, así como lo han tenido hasta ahora por resolución de S. M. En la Iglesia de nuestra Señora del Rosario.

VIII. Siendo posible que durante la residencia de la Corte en el Sitio de San Ildefonso fallezcan en él algunas personas de nota, cuyos cadáveres convenga depositar con separación por algún tiempo: ha mandado el Rey se construyan en el Cementerio seis nichos, que quedarán reservados a disposición de S.M. , quien por consideración a la dignidad Arzobispal con que han sido condecorados hasta el presente los Abades del Sitio de San Ildefonso, permite desde luego se entierren estos en los nichos.

IX. Como en el discurso del tiempo resultará en le Cementerio gran número de huesos, se ha dispuesto que unido a él se haga un osario en donde se vayan depositando dichos huesos; y cuando haya una porción competente, se diga un Oficio general por las almas de tdos los fieles a quienes pertenecieron, y se les de sepultura eclesiástica en lugar cómodo del mismo Cementerio.

El Pardo, 9 de Febrero de 1785.

Como podemos comprobar, estas bases quedaron establecidas y arraigadas lo suficiente como para que, con sus reformas, anexos y cambios a lo largo de los siglos, sigan siendo imprescindibles aún en los entierros a día de hoy.

El documento continúa con un exhorto al pueblo del Señor Arzobispo de Amida, abad del sitio de San Ildefonso en ese momento.

Podéis ver y descargaros el documento entero aquí.

 

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

¿Por qué existen los cementerios?

¿Por qué existen los cementerios?

¿Por qué existen los cementerios?

El 3 de Abril de 1787, Carlos III emitió una Real Cédula por la cual los cadáveres no podían ser inhumados en los templos.

Los enterramientos en las iglesias había surgido en los siglos XII y XIII, cuando empezaron a hacerse algunas exenciones acerca de no solo enterrar a clérigos dentro de las iglesias si no también a personas que “lo merecieran”, para acabar enterrando a todos los feligreses. Hasta entonces, en el interior de las iglesias los difuntos eran enterrados en las fosas propias de su familia, en fosas comunes, o en fosas para las hermandades y gremios. El clero tenía instalado su propio osario en una zona privilegiada de la iglesia, cerca del presbítero o en torno al altar mayor.

Cada familia aspiraba a tener su tumba propia y su ubicación estaba relacionada con su posición social y capacidad económica. Los lugares privilegiados eran ocupados por el clero en primer lugar, y seguidamente por las clases nobles, caballeros y ciudadanos generosos; el resto iría colocándose en el resto del sitio libre del templo. Los artesanos, por ejemplo, que ya presentaban una clase social diferente y más baja, se enterraban principalmente en las zonas de acceso al templo, detrás de las puertas principales y laterales; los labradores, considerados menos importantes aún, se situaban en zonas menos significativas, como el centro del templo.

 En el siglo XVIII las iglesias estaban ya masificadas y en algunas resultaba imposible realizar ya ningún enterramiento más. Pese a ello, existía un tipo de cesión por parte de los particulares que podían cedérselos a otros si no iban a hacer uso de la sepultura. También se incautaban las tumbas que estuviesen en desuso: en cada festividad de Todos los Santos el sacristán recorría acompañado de un notario todo el templo, certificando las sepulturas que estaban iluminadas y las que no. Si pasaban tres años consecutivos en los que se apreciaba la falta de cuidado de la sepultura, esta se incautaba, se vaciaba y se cedía a otro beneficiario.

Los particulares podían traspasar las fosas de las que eran los titulares. Se podía conformar una venta del derecho de enterramiento, cesión, renuncia o incluso admisión: es decir, les dejaban ser enterrados con los propietarios sin que estos renunciaran a su derecho adquirido; la renuncia al derecho de sepultura se hacía cuando el titular se iba a vivir a otro lado.

 Como dato curioso, los franciscanos se negaron a que en sus templos se abrieran fosas para particulares; solo los hermanos de la congregación y sus órdenes seglares podían ser enterrados allí, lo que hizo que el número de hermanos que ingresaban en la orden se disparara en la segunda mitad del siglo XVIII.

La perspectiva del Estado de llevar todos los enterramientos fuera de los templos residía principalmente en el punto de vista higiénico: durante todo el siglo se utilizaron políticas de prevención para desterrar el riesgo de epidemias controlando el tráfico portuario, utilizando el alcantarillado, la recogida de basuras de la calle, pero el enterramiento dentro de las iglesias, en el centro de las poblaciones, seguía siendo un riesgo para la salud pública.

La cédula dispuesta por Carlos III en la que a partir de entonces los cadáveres no fueran inhumados en las iglesias, procedía directamente de la emitida por Napoleón por el mismo asunto en 1776.

En ella se restringía el derecho de enterramiento en los templos a los clérigos, patronos y personas del estamento religioso que estipulaba el Ritual Romano y la Novísima Recopilación.

Se dispuso la construcción de los cementerios fuera de las poblaciones, siempre que no hubiera gran anchura fuera de ellas, en sitios ventilados y cercanos a las parroquias, pero distantes de las casas de los vecinos. Así, se aprovecharon como capillas de estos cementerios las ermitas que existían fuera de los pueblos.

Sin embargo, la aplicación de esta norma se dilató en el tiempo bastantes años, comenzado el siglo XIX, ya que la falta de presupuesto de las parroquias como la resistencia de los feligreses a usar este nuevo método de enterramiento fueron retrasando su puesta en funcionamiento. En 1799 Carlos IV volvió a impulsar la ley de su padre, aduciendo además que los templos debían ser lugares limpios y puros por respeto y veneración a Dios, por lo que su uso como osarios los convertían en depósitos de podredumbre. En 1804 fueron designados una serie de comisionados para que se empezara la construcción de cementerios en todo el país.

El culto hacia los muertos debía quedar garantizado por el gobierno, por lo que se erigieron capillas anexas a los cementerios para celebrar las misas, la ubicación de las sepulturas al lado de estas capillas, y respecto a los nobles, se les permitieron construir panteones para que sus huesos no se mezclaran con los de la plebe. Además, se dispuso que “para quitar el horror que pudiera ocasionar la reunión de tantos cadáveres, se procurará plantar árboles propios de aquel sitio, que sirvan de adorno con su frondosidad”

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

El 3 de Abril de 1787, Carlos III emitió una Real Cédula por la cual los cadáveres no podían ser inhumados en los templos.

Los enterramientos en las iglesias había surgido en los siglos XII y XIII, cuando empezaron a hacerse algunas exenciones acerca de no solo enterrar a clérigos dentro de las iglesias si no también a personas que “lo merecieran”, para acabar enterrando a todos los feligreses. Hasta entonces, en el interior de las iglesias los difuntos eran enterrados en las fosas propias de su familia, en fosas comunes, o en fosas para las hermandades y gremios. El clero tenía instalado su propio osario en una zona privilegiada de la iglesia, cerca del presbítero o en torno al altar mayor.

Cada familia aspiraba a tener su tumba propia y su ubicación estaba relacionada con su posición social y capacidad económica. Los lugares privilegiados eran ocupados por el clero en primer lugar, y seguidamente por las clases nobles, caballeros y ciudadanos generosos; el resto iría colocándose en el resto del sitio libre del templo. Los artesanos, por ejemplo, que ya presentaban una clase social diferente y más baja, se enterraban principalmente en las zonas de acceso al templo, detrás de las puertas principales y laterales; los labradores, considerados menos importantes aún, se situaban en zonas menos significativas, como el centro del templo.

 En el siglo XVIII las iglesias estaban ya masificadas y en algunas resultaba imposible realizar ya ningún enterramiento más. Pese a ello, existía un tipo de cesión por parte de los particulares que podían cedérselos a otros si no iban a hacer uso de la sepultura. También se incautaban las tumbas que estuviesen en desuso: en cada festividad de Todos los Santos el sacristán recorría acompañado de un notario todo el templo, certificando las sepulturas que estaban iluminadas y las que no. Si pasaban tres años consecutivos en los que se apreciaba la falta de cuidado de la sepultura, esta se incautaba, se vaciaba y se cedía a otro beneficiario.

Los particulares podían traspasar las fosas de las que eran los titulares. Se podía conformar una venta del derecho de enterramiento, cesión, renuncia o incluso admisión: es decir, les dejaban ser enterrados con los propietarios sin que estos renunciaran a su derecho adquirido; la renuncia al derecho de sepultura se hacía cuando el titular se iba a vivir a otro lado.

 Como dato curioso, los franciscanos se negaron a que en sus templos se abrieran fosas para particulares; solo los hermanos de la congregación y sus órdenes seglares podían ser enterrados allí, lo que hizo que el número de hermanos que ingresaban en la orden se disparara en la segunda mitad del siglo XVIII.

La perspectiva del Estado de llevar todos los enterramientos fuera de los templos residía principalmente en el punto de vista higiénico: durante todo el siglo se utilizaron políticas de prevención para desterrar el riesgo de epidemias controlando el tráfico portuario, utilizando el alcantarillado, la recogida de basuras de la calle, pero el enterramiento dentro de las iglesias, en el centro de las poblaciones, seguía siendo un riesgo para la salud pública.

La cédula dispuesta por Carlos III en la que a partir de entonces los cadáveres no fueran inhumados en las iglesias, procedía directamente de la emitida por Napoleón por el mismo asunto en 1776.

En ella se restringía el derecho de enterramiento en los templos a los clérigos, patronos y personas del estamento religioso que estipulaba el Ritual Romano y la Novísima Recopilación.

Se dispuso la construcción de los cementerios fuera de las poblaciones, siempre que no hubiera gran anchura fuera de ellas, en sitios ventilados y cercanos a las parroquias, pero distantes de las casas de los vecinos. Así, se aprovecharon como capillas de estos cementerios las ermitas que existían fuera de los pueblos.

Sin embargo, la aplicación de esta norma se dilató en el tiempo bastantes años, comenzado el siglo XIX, ya que la falta de presupuesto de las parroquias como la resistencia de los feligreses a usar este nuevo método de enterramiento fueron retrasando su puesta en funcionamiento. En 1799 Carlos IV volvió a impulsar la ley de su padre, aduciendo además que los templos debían ser lugares limpios y puros por respeto y veneración a Dios, por lo que su uso como osarios los convertían en depósitos de podredumbre. En 1804 fueron designados una serie de comisionados para que se empezara la construcción de cementerios en todo el país.

El culto hacia los muertos debía quedar garantizado por el gobierno, por lo que se erigieron capillas anexas a los cementerios para celebrar las misas, la ubicación de las sepulturas al lado de estas capillas, y respecto a los nobles, se les permitieron construir panteones para que sus huesos no se mezclaran con los de la plebe. Además, se dispuso que “para quitar el horror que pudiera ocasionar la reunión de tantos cadáveres, se procurará plantar árboles propios de aquel sitio, que sirvan de adorno con su frondosidad”

 

 

 

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com