Mujeres Ilustres: Maureen O’Sullivan

Mujeres Ilustres: Maureen O’Sullivan

Mujeres Ilustres: Maureen O’Sullivan

Nacida en Boyle, Irlanda, en 1911 en el seno de una familia católica, Maureen no había tenido ninguna formación para actuar cuando se fijó en ella Frank Borzage, un director de cine que se encontraba en una cena baile de la Dublin Horse Show International. A través de un camarero le hizo llegar una nota: “ Si está interesada en participar en una película, venga a mi oficina mañana a las 11”. Así que Maureen consiguió un papel en el musical Song O’ My Heart. Pese a que se le notaba la inexperiencia, la película fue un éxito, y la Fox le firmó un contrato para hacer varias películas hasta 1932 que ficha por MGM.

 

Y quién no recuerda al león de la Metro rugiendo antes de empezar una peli de Tarzán. Fue contratada para interpretar a la Jane de Tarzán, papel que interpretaría, como todos sabemos, Johnny Weissmuller. En los libros de Tarzan, Jane es de Baltimore, pero la MGM la convirtió en londinense debido a su marcado acento británico. Ella no había leído ningún libro de Tarzán, y el propio autor, Edgar Rice Burroughs le envió copias de los mismos, dejándole ver que le parecía perfecta la pareja elegida para darle vida a sus personajes.

La película fue otro éxito, gracias también la sentido del humor que distinguía a Maureen (fue idea suya la mítica escena de “Tarzán…Jane, dándose pequeños empujoncitos para recalcar el nombre, no estaba en el script pero al director le gustó la improvisación y la dejó). Ah, la mítica frase “Yo Tarzán…tú Jane” no existe más que en el imaginario colectivo.

En 1934 se establece el Código Hays en el cine estadounidense, y varios grupos moralistas se quejan de la escasa ropa que lleva Jane y lo corto que es el taparrabos de Tarzán, “problema” que subsana el estudio en las siguientes películas poniéndole un poco más de ropa a Jane y alargando el taparrabos de Tarzán.

En el rodaje de una de las películas de la saga conoce al que se convertiría en su marido, John Farrow, con el que estuvo casada 27 años hasta el fallecimiento de él y con quien tuvo siete hijos, entre ellos a María, a la que si quitamos el primer –ar del nombre se convierte en uno de los “anda, mira tú, no lo sabía” de este post.

Maureen O’Sullivan no solo desarrolló su carrera como la periodista que conoce al hombre mono, sino que también participó en grandes películas como David Copperfield, Las Vírgenes de Wimpole Street, Ana Karenina, e incluso en Un día en las Carreras de los Hermanos Marx.

Pero Maureen estaba cansada de que siempre la recordaran por ser Jane. Cuando su contrato con la MGM expiró en 1942, se retiró para cuidar de su gran familia.

Vuelve en 1948 bajo las órdenes de su marido, a través del cine negro.

Siguió activa participando en películas, programas de televisión teatro etc… Como nota curiosa, sale en Hannah y sus Hermanas, película de su yerno Woody Allen interpretando a la madre de Mia Farrow, su propia hija.

 

Fue una mujer muy liberal y abierta; cuando enviudó de Farrow dijo “Los niños no toman el lugar del marido. Muchas mujeres- y yo soy una de ellas- tiene la necesidad de ambos”, así que una vez viuda, después de una larga relación que no tuvo final feliz pues él murió en 1973, volvió a casarse en 1983.

Falleció en 1998 en Phoenix, Arizona, a los 87 años, de un ataque al corazón. Está enterrada en el Most Holy Redeemer Cemetery en Niskayuna, Nueva York

 

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

Mujeres ilustres: Isabel Oyarzábal

Mujeres ilustres: Isabel Oyarzábal

Mujeres ilustres: Isabel Oyarzábal

Hay personas que nacen en la época equivocada; personajes que por sus valores parecen haber nacido en el Medievo o al contrario, personas nacidas en pleno encorsetamiento social del siglo XIX y con unas ideas que si viajaran en el tiempo hasta la actualidad no llamarían la atención por lo moderno de sus ideas.

Esto debió de pensar nuestra protagonista de hoy, una de las “mujeres modernas” en un Madrid donde se imponía las normas de conducta y más si eras una señorita.

Isabel Oyarzábal nació el 12 de junio de 1978; por sus venas correría una sangre multicultural que más adelante la haría conseguir grandes logros; su padre, andaluz de origen vasco, su madre, escocesa.

Precisamente fue su madre la que más le apoyó; debió de ver que a esa niña hiperactiva, emprendedora y tenaz no podría pararla nada. Así que en lugar de “corregirla” como le hubiera gustado a su padre, Ana Smith la educó dentro de la libertad y la independencia.

Para la niña Isabel uno de los momentos más felices eran los veranos; esos meses estivales en Escocia donde el ambiente era bastante menos opresivo que en España y donde tiene la oportunidad de conocer a importantes sufragistas como Eunice Murriá o a la gran bailarina rusa Anna Pavlova. También allí perfecciona su inglés y comienza a trabajar como profesora de castellano para algunas familias.

Cuando volvía a España su padre seguía emperrado en educarla dentro de la férrea religión católica; le tenía prohibido leer a Benito Pérez Galdós, Alejandro Dumas u Honeré de Balzac: para él la mala influencia que podría tener esos libros estaban muy lejos de la educación de una joven católica.

Al poco fallece su padre e Isabel puede dar rienda suelta a sus anhelos; el teatro le llamaba desde hace tiempo la atención. Así que Isabel, lista como ella sola, aprovecha la visita de la actriz María Tubau a Málaga para intentar conseguir una prueba y poder entrar en la compañía teatral. Dicho y hecho, María Tubau la contrata sin dudarlo para participar en la obra Pepita Tudó. ¿Requisito indispensable? Trasladarse a Madrid. Otra vez Ana Smith fue determinante en la vida de su hija, y ni corta ni perezosa no solo la alentó en su traslado, sino que se fue con ella.

La crisis económica del momento, y también que se dio cuenta de que no era su vocación, hicieron que el periplo teatral de Isabel fuera corto. Con algo de dinero ahorrado y junto a una amiga, publican La dama y la vida ilustrada, dirigida en exclusividad al público femenino. Por aquel entonces ya había conocido a su futuro marido, Ceferino Palencia, hijo de María Tubau.

Casada y llevando una revista con éxito, Isabel continua escribiendo y comienza a ser conocida en el mundo periodístico. Colabora con periódicos madrileños como El Sol, El Imparcial y Blanco y Negro entre otros, muchos de esos artículos iba firmados por su seudónimo: Beatriz Galindo. También su excelente nivel de inglés le ayudó, y varios periódicos británicos le pidieron que comenzara a colaborar con ellos como corresponsal en España.

Sus inquietudes políticas también comienzan a aflorar en su interior. Ingresa en la Asociación Nacional de Mujeres Españolas de la cual llegaría a ser presidenta, comienza una actividad política la cual la hace dos años más tarde acudir a Ginebra en el XII Congreso de la Alianza Internacional para el Sufragio Femenino de la Mujer.

A finales de 1920 su participación en la vida política era total; funda junto a María de Maeztu, Victoria Kent y Zenobía Camprubí el Lyceum Club, sociedad femenina en la cual se debatía y se compartía ideas para que el sufragio femenino algún día fuera posible en España.

Mientras el matrimonio Palencia-Oyarzábal habían tenido dos hijos y mantenían un acuerdo no escrito en el cual ambos tenían su independencia: para Isabel no había nada más importante que no tener que depender social y económicamente de un hombre, aunque fuera su marido. Esta independencia le hizo sumergirse más en la política.

Durante esta etapa Isabel termina de tomar conciencia de las diferencias sociales y políticas entre las clases pudientes y la clases obreras. Estos últimos siempre salían desfavorecidos injustamente, haciendo que sus salarios fueran ínfimos lo cual acuciaba la pobreza, el hambre y la falta de higiene sobre todo en mujeres y niños.

Esta desigualdad la pudo exponer en 1930 pues fue la única mujer reunida con la Comisión Permanente de la Esclavitud en la Naciones Unidas. Con este panorama social y con unas claras ideas republicanas, en 1931 se afilia a UGT y al PSOE, donde comienza a codearse con numerosos cargos políticos. Es aquí donde aprovecha para dar a conocer lo que acaecía en España. Tres años más tarde y por oposición consiguió todo un hito para una mujer de la época: plaza de inspectora provincial de Trabajo.

Este cargo le hizo adquirir puestos como Vocal del consejo de Patronato del Instituto de Reeducación Profesional; formar parte de estas asociaciones relevantes hizo que su firme activísimo por la paz y contra el fascismo fuera desarrollándose plenamente antes de que comenzara la Guerra Civil.

El cénit en su carrera política llego en 1936 cuando fue nombrada ministro plenipotenciario en la Legación de España en la capital sueca, tras una serie de conferencias impartidas entre Estados Unidos y Canadá, Isabel presenta sus credenciales al rey sueco como embajadora de la Segunda República. No le fue fácil; su predecesor, fiel a la filas franquistas, se aferró al sillón de la embajada negándose a dejar su puesto, bajo ningún concepto iba a dejar la embajada en manos de una mujer y republicana. Por su puesto Isabel con paciencia esperó, y después de unos tira y afloja consiguió instalarse en la embajada de España.

Durante su estancia en Suecia volvió a retomar una costumbre, la escritura. Allí conoció a otras mujeres con renombre dentro del mundo literario, la ganadora del Nobel de Literatura, Pearl S. Buck o Alexandra Kollontai, socialista y feminista rusa a la que Isabel respetaba y de la que tiempo más tarde escribiría su biografía.

Pero la Segunda República cayó, e Isabel al igual que muchos, muchísimos intelectuales y políticos tuvo que exiliarse. Fue duro tal y como ella misma escribió años más tarde en su autobiografía.

“Yo no puedo olvidar que al salir de Noruega, en el barco, siguiendo una costumbre tradicional nos entregaron unas cintas de diversos colores, serpentinas, que los pasajeros arrojábamos a los que nos despedían desde el muelle. Cuando yo lancé todas las cintas, vi que se me quedaban en las manos los extremos de tres solamente, que me unían a la tierra que dejaba: rojas, amarillas y moradas y siempre he considerado que aquello fue como una revelación profética, de que los españoles al abandonar Europa seguíamos ligado a nuestro país por la bandera republicana.”

Se exilia en México en 1939 y nunca más volvió, pues fallece un año antes de la muerte de Franco. Esta gran mujer que merece ser recordada descansa en el Panteón Español del cementerio de Ciudad de México.

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com

Mujeres Ilustres: Ana Bolena

Mujeres Ilustres: Ana Bolena

Mujeres Ilustres: Ana Bolena

Tal día como hoy, en 1536, Ana Bolena fue decapitada por orden de su marido, Enrique VIII, acusada de adulterio.

Entró en la corte inglesa como dama de honor de Catalina de Aragón en 1522, pero no fue hasta 1525 cuando Enrique VIII se enamoró de ella. Y le escribió muchas cartas, 17 para ser exactos, en las que le prometía amor eterno, pero no fue hasta 1527 cuando decidió hacerle casito al rey pues en su última misiva le prometía “siempre honraros, amaros y serviros”.

Tal era su cabezonería, que le pidió al papa la nulidad del matrimonio con Catalina de Aragón porque sí, porque se había cansado, con la excusa de que ella era la viuda de su hermano Arturo. La iglesia de Roma le dijo que no se la daba, y él airoso, estuvo dos años bregando con la iglesia hasta que decide romper con ella, por su lado católico, y aceptar el anglicanismo, por el que había librado batallas para erradicarlo. Si no viene de aquí el dicho “pija dura no cree en Dios” cerca le andará.

Así que en 1533 Enrique y Ana se casaron en secreto en una capilla privada que tenía en palacio. A su vez, el arzobispo de Canterbury declaró la nulidad del matrimonio con Catalina de Aragón.

De la noche de bodas nacería en Septiembre su primera hija, Isabel, la futura reina Isabel I.

Ana estaba muy contenta, pero Enrique lo que quería era un hijo varón que perpetuara su apellido. Después de tres abortos, Ana dio a luz a un varón, al que llamaron Eduardo, pero que solo sobrevivió unas horas.

Para el rey su matrimonio estaba maldito, y se obsesionó con ese tema. Con ese y con que ya se había enamorado de la que sería su tercera esposa, Jane Seymur. Así que para deshacerse de Ana, le acusó de adulterio.

El 2 de Mayo de 1536 fue detenida por traición a la corona y encerrada en la Torre de Londres. Su juicio, por llamarlo de alguna manera, se celebró el día 16 de Mayo, juicio que la condenaría a muerte.

Ella, en sus últimas horas, bromeaba con que el verdugo era muy bueno y su cuello bastante fino. Aún así, Enrique VIII tuvo la deferencia de hacer venir al reino al mejor espadachín de Francia, pues el hacha no siempre mataba en el primer intento. Más majo.

Ana Bolena fue acompañada hasta el patíbulo por sus damas de honor, que lloraban desconsoladas. Ana vestía un traje de corte muy bajo, de color casi negro, con una enagua roja: el rojo es el color litúrgico del martirio para los católicos.

Las damas le ayudaron a desvestirse, retirando su capa y collar. Ella misma se colocó el vendaje en los ojos. Se arrodilló, y mientras rezaba, su verdugo blandió la espada y la decapitó.

Habían estado tan ocupados con los preparativos que nadie se preocupó en conseguir un ataúd. Así que poco antes, fueron a la armería, y después de vaciar un baúl que contenía flechas, lo depositaron al lado del patíbulo para guardar los restos de Ana.

Sus cuatro damas recogieron la cabeza y la envolvieron en una sábana blanca, así como el resto de su cuerpo. Ellas mismas despojaron del cuerpo sus lujosas vestimentas, cosa que solían hacer los verdugos como “premio” para luego revenderlas, pero el rey no quiso que se comerciara con las reliquias de su esposa.

Fue enterrada en una tumba sin nombre, a lado de la de su hermano, quien había sido ejecutado en la Torre dos días antes.

Al día siguiente, el afligido viudo, anunció su compromiso con Jane Seymur, la que fue su siguiente esposa. Ella por fin le dio aquello que tanto deseaba, un hijo varón, pero fue la justicia divina la que hizo que subiera al trono Isabel I, la hija que tuvo con Ana Bolena.

Pocos restos quedan de Ana Bolena porque D. Enrique se encargó de destruir todo recuerdo de ella. En 1876 la reina Victoria ordenó la restauración de la iglesia San Pedro ad Vincula, se identificaron los restos de Ana Bolena y se colocó una losa sepulcral acompañada de una inscripción.

La leyenda cuenta que su fantasma decapitado sigue vagando por la Torre de Londres. Además hay un pequeño monumento en forma de cojín de cristal en el lugar donde fue decapitada

(Gracias a Isabel Garrido por la foto)

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

Mujeres Ilustres: Nellie Bly & Elizabeth Bisland

Mujeres Ilustres: Nellie Bly & Elizabeth Bisland

Mujeres Ilustres: Nellie Bly & Elizabeth Bisland

Nellie Bly era una mujer joven, periodista, feminista, de mucho carácter. Un día, respondió a la columna de un periódico sobre un artículo bastante sexista, con tanto éxito en sus palabras, que el editor del periódico le instó a unirse al diario como reportera. Después de realizar varios artículos de investigación, fue relegada a la sección para mujeres, por lo que abandonó este periódico y acabó en el The New York World, que en aquel momento dirigía un tal Joseph Pulitzer, no sé si os suena. Allí escribió un artículo sobre el asilo psiquiátrico para mujeres de Blackwell’s Island. Para ello, se internó en el centro durante diez días y convivió con las internas, dando como resultado un artículo muy crítico acerca de los abusos sobre los pacientes que hizo que las administraciones tomaran cartas en el asunto. Nellie era una gran reportera, mujer aventurera y decidida de firmes convicciones.

Elizabeth Bisland empezó su carrera literaria de adolescente, enviando poesías a un periódico de Nueva Orleans bajo seudónimo. Sus escritos eran tan excelentes que reveló su identidad a la familia y al editor y fue contratada para trabajar en el periódico, trasladándose a Nueva Orleans para trabajar. En 1887, se traslada a Nueva York donde empieza a trabajar para una revista emergente, Cosmopolitan, de publicación mensual.

 

 

Mientras tanto, Julio Verne publica por entregas en el periódico Le Temps su Vuelta al mundo en 80 días, un viaje alrededor del mundo por los personajes de Phileas Fogg y Jean Passepartout, su ayudante. El 30 de Enero de 1873 se publicó en formato novela, convirtiéndose en una de las grandes novelas de la época, y de la historia.

A Pulitzer le retan a que envíe un reportero a realizar el viaje que cuenta Julio Verne, y él escoge a su intrépida reportera, Nellie Bly para documentar el viaje. Meses más tarde de la propuesta, el 14 de Noviembre de 1889, Nellie comienza su viaje.

Por su parte, J. Brisben Walker, el jefe de Elizabeth, ve una oportunidad de publicitarse en este viaje, y 6 horas antes de que Bly parta en su aventura, recluta a Elizabeth para que realice el mismo viaje.

Y aquí es cuando como mujeres, nos quitamos el sombrero ante la señora Bisland porque nos entran escalofríos de pensar en hacer una maleta para 80 días con tan sólo 6 horas de antelación. Nos quitamos el sombrero y hacemos una tremenda reverencia.

 

Cada una parte de una punta de la ciudad, y en direcciones opuestas. Nellie desconocía que estaba en competencia con Elizabeth, se enteró a mitad de viaje, aunque todo el público mundial seguía con pasión la aventura de ambas.

 

Nellie se reunió con Julio Verne en Amiens, donde le dio a conocer su peripecia. Él, escéptico, le dijo “Señorita, si es usted capaz de hacerlo en 79 días, yo la felicitaré públicamente”.

Hubiese dado algo por ver la cara del señor Verne cuando leyó que Nellie, patrocinada por el New York World y sus medios, había conseguido hacer el mismo recorrido que Fogg en tan solo 72 días; y como, en mi imaginación, se comió el periódico cuando cuatro días más tarde, leyó que Elizabeth lo había conseguido, con muchos menos medios y facilidades que Nellie, en 76 días.

 

Después del viaje, ambas continuaron con sus vidas y carreras, aunque se hicieron amigas: Nelly se casó y fue corresponsal de guerra, y Elizabeth, que también pasó por la vicaría, escribió novelas.

 

Pero ambas siguieron unidas hasta el final, ya que las dos están enterradas en el cementerio de Woodlawd en el Bronx.

 

Por cierto, Julio Verne le envió un telegrama de felicitación a Nellie, que conservó junto a su ejemplar de La vuelta al mundo en 80 días.

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

Mujeres Ilustres: Clara Campoamor

Mujeres Ilustres: Clara Campoamor

Mujeres Ilustres: Clara Campoamor

Clara Campoamor fue una mujer muy importante en la historia de España que luchó por los derechos femeninos, hecho que caracterizó su andadura política, y que ha sido casi ninguneada a lo largo de la historia.

Nace en la capital española el 12 de febrero de 1888, en el barrio madrileño de Maravillas, dentro de una familia humilde. Debido a la muerte de su padre, tiene que abandonar sus estudios y ponerse a trabajar a edad temprana. A los 33 años comienza a estudiar bachillerato y posteriormente Derecho. En 1925 Clara, junto a Victoria Kent, se convierten en las primeras mujeres que abren un bufete de abogados en Madrid. Clara se especializó en el Reconocimiento de hijos naturales. Ya desde 1918 entra en contacto con organizaciones de mujeres que se van constituyendo en España y en 1928 funda, con otras 4 mujeres más, la Federación internacional de Mujeres de carreras Jurídicas en Paris. Y en 1930 participa en la fundación de la Liga Femenina Española por la Paz.

Tras la dictadura de primo de Rivera, forma parte del Partido Radical y se presenta a las elecciones de 1931 para las Cortes constituyentes de la Segunda República y obtiene un escaño como diputada por Madrid, siendo la primera mujer que habla en las Cortes Españolas. Con un magistral discurso, el día 1 de octubre de 1931 en él defiende a toda costa el sufragio femenino (con la oposición incluso de sus propios compañeros de partido) y de la diputada socialista Victoria Kent, quien defendía que era peligroso conceder el voto a la mujer; había que aplazarlo hasta que la mujer conviviera con la República durante un tiempo, antes de tener derecho al voto para no poner en peligro el proyecto político transformador; a pesar de ser las únicas mujeres presentes, mantenían posturas opuestas.

Además de tener que enfrentarse a opiniones tan absurdas como que “otorgar el voto a la mujer sería como dárselo al cura o la religión, que la mujer española era retrógrada en cuanto a política y darle el derecho al voto sería acabar con la República, que podría dársele el derecho a ser elegida pero nunca que fuera electora, incluso había quien afirmaba que la mujer era puramente “histerismo” y por ello voluble y versátil…a pesar de todo esto, gana la propuesta de Clara, “Los ciudadanos de uno y otro sexo, mayores de 23 años, tendrán los mismos derechos electorales conforme determinen las leyes”. Finalmente triunfó su ideal que se hizo realidad el 19 de Noviembre de 1933, día en el que las mujeres españolas participan por primera vez en un proceso electoral en las mismas condiciones que los hombres, pudiendo ejercer su derecho al voto.

Gana la derecha y los partidos de izquierdas y republicanos culpan de ello a Clara, apartándola de su partido. Solicita su ingreso en el Partido Izquierda Republicana, pero le es denegado tal ingreso.

En 1936 tras el golpe militar del General Franco contra la República Española, Clara se exilia en Francia, a casa de su amiga Antoinnete y empieza a ser víctima de la ceguera y enferma de cáncer.

Resulta curioso conocer la casualidad de que el cura que bautizó a Clara Campoamor, se llamara Francisco Franco, coincidiendo en nombre, con la persona que la persiguió por masona y que se encargó de borrar de un plumazo los logros conseguidos durante la República.

En 1938 se instala en Argentina, contaba entonces con 50 años. En 1947 visita España durante dos meses, anhelando su país, y en 1951 hace un segundo intento de regresar a España. Investiga sobre su situación y le comunican que, aparte de acusarle de haber permanecido a la masonería, existe también una orden de detención en todos los puestos fronterizos; para poder permanecer en España tendría que presentarse ante el tribunal, retractarse de sus ideas masónicas, delatar a compañeros masones y aportar pruebas contra ellos. Como Clara no estaba dispuesta a convertirse en delatora para ganar su libertad ni a asumir un delito que nunca cometió, supo desde entonces que jamás podría regresar a España, por lo que se marcha a Laussanne (Suiza), en 1955.

Nunca más se arriesgó a entrar en España y fue conociendo los acontecimientos de nuestro país gracias amigos que le iban informando y enviando recortes de periódicos donde le animaban, indicándole que el fin de Franco estaba cerca y de que podría volver a su país. Clara se deprimía viendo que aún en España las mujeres estaban sometidas a la obediencia y sumisión del marido; que tuvieran las puertas cerradas para cargos y empleos públicos, que necesitaran el permiso del marido para poder trabajar, abrir cuentas en bancos u obtener el carnet conducir. Se sentía entonces impotente para seguir luchando por las mujeres de su país y que éstas recuperaran lo que les habían robado, veía el retroceso de España y la vez era consciente de como su vida se apagaba poco a poco. Sólo pidió a su amiga Antoinette que ya que no podría pisar España viva, sus huesos pudieran descansar en nuestro país.

Clara Campoamor fallece el 30 de abril de 1972 a los 84 años y después de algunos años sus restos regresan a España, tal como ella quería, al cementerio de Polloe, en San Sebastián, conservándose en el Panteón de la familia Monsó Rui.

Es importante que las generaciones presentes y futuras no olviden el nombre de Clara Campoamor, una mujer tenaz, luchadora y valiente, defensora de la República y de los derechos de las personas, siempre firme en su convicciones y a la que tenemos mucho que agradecer porque a la vez que cambió su historia, también cambió la nuestra. Su gran legado fue el reconocimiento de un derecho y que todos los miembros de una sociedad tengan las mismas oportunidades

Al igual que otras mujeres lucharon posteriormente para que Clara tuviera un busto en el Congreso de los Diputados, y conseguirlo 75 años después, ella luchó también por que se levantara un monumento a Concepción Arenal, que finalmente se hizo realidad durante la dictadura de Franco, y que Clara Campoamor no llegó a ver nunca.

Mª Ángeles Moreno

Mª Ángeles Moreno

mangeles@guiadecementerios.com

Mujeres ilustres: Josefina Blanco Tejerina

Mujeres ilustres: Josefina Blanco Tejerina

Mujeres ilustres: Josefina Blanco Tejerina

Hoy, en el Día Mundial del Teatro, nos unimos a la conmemoración del día, escribiendo sobre Josefina Blanco Tejerina, una gran actriz de su época que por casarse con su esperpéntico marido, fue relegada a un segundo plano.

Nació en León en 1878 en una familia ya con antecedentes teatrales: su padre, Pedro Blanco, era un actor aficionado conocido en la capital leonesa. Su tía, Concha Suárez, también actriz, le introdujo en el mundo de la farándula ya desde muy niña, pues en 1886 se va de gira con ella por las ciudades de Cádiz y Barcelona.

Mujer pequeñita, de ojos rasgados y boca sensual, como era descrita, Josefina enseguida destacó como actriz de teatro, siendo al principio sus papeles encasillados en el papel de mujer ingenua y frágil, que según los críticos de la época, desempeñaba con grandeza sobre el escenario. La misma María Guerrero ya en 1894 hablaba maravillas de su potencial, tanto que años más tarde acabaron trabajando juntas.

Es en 1898 cuando representaba La Comida de Fieras de Jacinto Benavente, conoció a su futuro marido, con el que compartía escenario. Volvió a encontrarse con él en Diciembre de ese mismo año, cuando, otra vez representando una obra de Benavente, participó en un pequeño festival para recaudar fondos a favor de su compañero de escena hacía unos meses, el cual había perdido su brazo debido a la gangrena por una acalorada discusión con el periodista Manuel Bueno y se buscaba dinero para comprarle un brazo ortopédico.

 

Las alabanzas y buenas críticas eran constantes en cualquiera de los papeles que representara; poco a poco se fue despojando de su halo de ingenuidad en los personajes que se le daban. Cuando ya casi estaba a punto de convertirse en una gran dama de la escena española, como ya lo eran María Guerrero o Margarita Xirgú (a la que el marido de Josefina llegó a hacer llorar en público en un escenario cuando le espetó desde el patio de butacas, no su mala actuación, sino el mal texto que estaba interpretando), contrajo matrimonio el 24 de agosto de 1907, con quien ya imagino que habréis adivinado, Ramón Mª del Valle-Inclán. El nacimiento casi seguido de su primera hija hizo que su vuelta a los escenarios se complicara.

Mientras su carrera languidece, su marido va resplandeciendo, y reedita sus obras, que ella además, corrige.

No es hasta 1910 cuando Josefina vuelve a pisar las tablas, esta vez en Argentina, donde con Cuentos de Abril, ella vuelve a consagrarse como actriz y su marido, alcanza su reconocimiento como autor. Es en esta gira donde Josefina deja la compañía de teatro con la que llegó y se vuelve a la península formando parte de la de María Guerrero, donde vuelve a recaudar grandes éxitos hasta que en 1912 se retira nuevamente por el traslado de la familia a Galicia.

A Josefina este destierro no le gusta nada, ya que pasa de estar sobre su adorado escenario a tener que encargarse ella sola de su familia pues su marido pasaba largas temporadas en Madrid. En 1918 vuelve a los escenarios, esta vez en la compañía de Margarita Xirgú con una obra de Galdós.

En 1932 decide divorciarse de su marido, y con la custodia de su hija pequeña, intenta volver a los escenarios, pero su momento ya había pasado,

En Enero de 1936 fallece Valle- Inclán, y Josefina ejerce todos sus derechos, con ayuda de su abogada, Clara Campoamor, para recuperar la custodia de todos sus hijos menores y el legado de su marido, y así editar todas las obras juntas. Pero su idea se va al traste cuando comienza la guerra y el Teatro de la Comedia, en el que trabajaba, cierra.

Se traslada a Barcelona durante los años de la guerra con sus hijos, y cuando acabó esta, se trasladó a Pontevedra. Allí luchó por preservar la memoria del que fuera su marido editando sus obras, cosa que a día de hoy sabemos que consiguió pues si no es probable que hoy no existiera ninguna estatua de su figura en las calles de España, ni le hubiesen puesto su nombre a institutos, etc… Este no fue un trabajo fácil, ya que su legado estaba repartido entre el último piso en el que había vivido en Madrid, saqueado durante la guerra, y sus obras en la Academia de España en Roma. Pero como mujer persistente y fuerte que era, consigue editar todas las obras de Valle-Inclán en 1944 .

Nunca le gustó hacer declaraciones ni mostrarse a la prensa; de hecho sólo se conservan dos entrevistas, en la que destaca su obra favorita de su marido, Tirano Banderas.

Josefina Blanco falleció en su piso de Pontevedra el 19 de Noviembre de 1957. Quiso ser enterrada junto a su hijo Joaquin, fallecido en 1914, y allí reposan juntos bajo los arcos de la preciosa iglesia de Santa Mariña de Dozo.

Genial, viva inteligente,

No hay cual la Blanquito, dos.

Con su arte, modestamente, dio triunfos a Benavente

Y laureles a Galdós.

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com