Historia de los enterramientos: féretros, arcas o ataúdes

Historia de los enterramientos: féretros, arcas o ataúdes

Historia de los enterramientos: féretros, arcas o ataúdes

El hombre, desde que es considerado como tal, se ha distinguido por su preocupación por la muerte, y por lo que ocurre después de esta. La existencia de un culto a los muertos desde épocas prehistóricas, nos indica que el humano ha tenido conciencia sobre la muerte desde el primer momento. El que hayan existido ritos funerarios desde siempre implica la creencia en los espíritus de los muertos y en la creencia de que la muerte es una prolongación de la vida. La idea de que hay una continuidad cuando el cuerpo muere, es la impulsora de las técnicas de conservación además de que las ideas religiosas suelen establecer que el cuerpo es necesario para el alma en otra vida, por lo que crearon la necesidad de que el cuerpo se mantuviera conservado.

Para realizar esta conservación, además de los distintos métodos de tanatopraxia que han ido surgiendo a lo largo de la historia, y que iremos viendo en sucesivas entradas, era importante el uso de lo que nosotros conocemos como ataúdes, féretros o arcas, que a lo largo de la historia han ido evolucionando hasta el formato que conocemos actualmente.

La existencia de ataúdes data de unos 4.000 años A.D.C. ya que en algunos textos sumerios se menciona que a sus muertos los amortajaban introduciéndolos en unos cestos de junco trenzado. En estos mismos textos se dice que la intención que se buscaba a la hora de usar estos cestos era que el espíritu del difunto no volviera para a perseguir a los vivos; es pues que no siempre se utilizaron para la conservación del cuerpo para su viaje en l más allá, si no más bien en sus comienzos fueron utilizados para proteger el miedo de los vivos. No solo bastaba con enterrar al muerto bajo tierra, si no que también lo encerraban en una caja para que no pudieran salir. De hecho, muchos de estos pueblos antiguos no creían que esto fuera suficiente, por lo que cubrían el ataúd con una gran piedra, que sería el origen de las lápidas.

Para realizar esta conservación, además de los distintos métodos de tanatopraxia que han ido surgiendo a lo largo de la historia, y que iremos viendo en sucesivas entradas, era importante el uso de lo que nosotros conocemos como ataúdes, féretros o arcas, que a lo largo de la historia han ido evolucionando hasta el formato que conocemos actualmente.

La existencia de ataúdes data de unos 4.000 años A.D.C. ya que en algunos textos sumerios se menciona que a sus muertos los amortajaban introduciéndolos en unos cestos de junco trenzado. En estos mismos textos se dice que la intención que se buscaba a la hora de usar estos cestos era que el espíritu del difunto no volviera para a perseguir a los vivos; es pues que no siempre se utilizaron para la conservación del cuerpo para su viaje en l más allá, si no más bien en sus comienzos fueron utilizados para proteger el miedo de los vivos. No solo bastaba con enterrar al muerto bajo tierra, si no que también lo encerraban en una caja para que no pudieran salir. De hecho, muchos de estos pueblos antiguos no creían que esto fuera suficiente, por lo que cubrían el ataúd con una gran piedra, que sería el origen de las lápidas.

Un uso claro de los féretros para la conservación de los cadáveres antes de la existencia de la religión cristiana son los sarcófagos egipcios, por ejemplo, cuya interesante relación con el mundo de los muertos contaremos próximamente.

Durante la Edad Media, en plena época de la peste negra, existía el problema de que por la falta de medios y médicos, muchos enfermos eran considerados como fallecidos. De aquí surgieron dos problemas: enterraban a demasiada gente viva que al final fallecía por asfixia dentro de su propio ataúd, y los que conseguían salir, eran considerados vampiros y repudiados, cuando no asesinados. Para protegerse y ahorrarse esta vuelta a la vida y los sustos que les conllevaban, se empezaron a clavar la tapa de los ataúdes y además sobre la tumba, además de la piedra/losa, se colocaba una especie de jaula hecha de forja o hierro para que en cualquier caso no pudiera escapar y reencontrarse con los vivos. En esta época surgió la idea de, al cerrar el ataúd, sujetar a la muñeca del difunto un hilo y pasarlo por un agujero de este, y este hilo atarlo a una campanilla que se encontraba en la superficie. Si el difunto no lo estaba, solo tenia que tirar del hilo y sonaría la campanilla, siendo desenterrado. Para ello una persona estaba al lado del ataúd durante unos días.

De esta acción nace la expresión “Salvados por la campana”.

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

Cementerio de La Florida, Madrid

Cementerio de La Florida, Madrid

Cementerio de La Florida

El Cementerio de La Florida es uno de los cementerios menos conocidos por los madrileños. De hecho sólo abre sus puertas dos días al año, el 2 y 3 de Mayo para conmemorar a los fusilados en el monte de Príncipe Pío la noche del 3 de Mayo, noche por todos conocida gracias al cuadro de Goya.

Después de la construcción de La Almudena, el que existieran cementerios privados era algo abocado a desaparecer, pero el cementerio de La Florida fue expresamente requerido por la reina Isabel II para que se siguiera conservando y no desapareciera.

En 1869 el rey Felipe V crea una fuerza que se llama Milicia Nacional para suplir la ausencia en las ciudades del ejército español, que estaba luchando en el extranjero.

Este cementerio es parte de una finca particular del rey Carlos IV, se crea en 1792 y los trabajadores de palacio tienen el privilegio de poder ser sepultados en este cementerio junto a sus familiares. Cuando el 2 de Mayo de 1808 se produce el levantamiento del pueblo de Madrid contra los franceses, una pequeña parte de las víctimas de la represión que se produjo la noche del 3 de Mayo, fueron fusilados muy cerca de este cementerio.

El tres de mayo se produce el fusilamiento de estos represaliados. Murat da la orden de que sus cadáveres sean apilados en forma de pirámide y no pueden ser tocados hasta que él lo autorice. El día 12 de Mayo  un capataz de obra que está trabajando en la finca de La Florida ve los cadáveres y pide autorización a palacio para retirar esos cadáveres y traerlos a este cementerio, y se le autoriza. Por eso acabaron enterrados en este cementerio, no fue hecho expresamente para ellos como apunta algún dato erróneo.

El cementerio tiene más de 300 cadáveres enterrados, aunque hay una cripta en la que están exclusivamente enterrados los 43 fusilados. Delas otras sepulturas no hay restos físicos y visibles.   De los cuarenta y tres, sólo se conocía con seguridad el nombre de diecinueve hasta que en 2008 fueron identificados otros diez más por el historiador Luis Miguel Aparisi; todos ellos figuran en una nueva lápida inaugurada en este año.

El nombre delos fusilados reconocidos:

  1. Manuel Antolín Ferrer, natural del Buen Retiro, de 21 años, el más joven de los fusilados. Su hermano Santos, era jardinero del Real Sitio de La Florida.
  2. Francisco Gallego y Dávila, presbítero y natural de Valdemoro, sacristán segundo del convento de la Encarnación, ejecutado por orden directa de Murat. Detenido tras hallársele una espada, es el único identíficado en el cuadro de Goya; corresponde al fraile con tonsura y hábito gris.
  3. Domingo Braña y Calbín, mozo de tabaco en la Real Aduana de Madrid. Casado y con dos hijos, defendió el Hospital de la Corte y fue detenido al hallar un sable en su poder.
  4. Bernardo Morales, maestro cerrajero.
  5. Francisco Escobar y Molina, maestro de coches.
  6. Rafael Canedo, natural de CamponarayaEl Bierzo y que se enfrentó en la Puerta del Sol a los mamelucos navaja en mano.
  7. Antonio Mazías Gamazo, de 66 años, el mayor de los fusilados, natural de Pedrosa del Rey. Viudo, residía en el número 12, piso segundo, de la calle de Toledo, esquina a la del Burro.
  8. Antonio Zambrano y Zambrano, natural de la La Vecilla, provincia de León. Vivía en la calle San José, en el número 6.
  9. Domingo Méndez.
  10. José Amador.
  11. Fernando Madrid, oficial de carpintería.
  12. José Reyes Magro.
  13. Antonio Méndez Villamil.
  14. Manuel Rubio. Estos siete últimos eran albañiles que trabajaban en la restauración de la iglesia de Santiago y que se enfrentaron como una milicia organizada a un batallón de soldados polacos que entraron en el templo, arrojándoles ladrillos y piedras hasta que fueron capturados. Dos de ellos murieron allí mismo y los demás fueron posteriormente fusilados.
  15. Martín de Ruizcabado, de unos 30 años, natural de la provincia de Santander y de profesión cantero en el Real Sitio de La Florida.
  16. Francisco Sánchez Navarro, escribano real.
  17. José de Lanet y Riesgo. Recién licenciado del ejército, casado y con un hijo de ocho años, era dueño de una mercería, o según otras fuentes de una tienda de aceites y vinagres, en la plaza de Santo Domingo. Luchó en la calle de la Inquisición, donde le hicieron prisionero.
  18. Manuel García, soldado miembro de los Voluntarios del Estado que había participado en la defensa del Parque de Artillería de Monteleón a las órdenes del teniente Pedro Ruíz. Fue el único de entre los 43 fusilados que era militar.
  19. Anselmo Ramírez de Arellano y Díez de Belmonte. Natural de Daimiel, empleado del Resguardo de la Real Hacienda. Su mujer estaba embarazada de su tercer hijo.
  20. Juan Antonio Serapio Lorenzo.
  21. Antonio Martínez. Estos dos últimos compañeros de trabajo de Ramírez de Arellano.
  22. Gabriel López.
  23. José Rodríguez, dueño de una botillería situada en la Carrera de San Jerónimo.
  24. Julián Tejedor de la Torre, de 41 años. Platero cuya tienda estaba situada en la calle de Atocha.
  25. Lorenzo Domínguez, guarnicionero cuyo comercio estaba en la Plazuela de Matute. Estos tres últimos lucharon con sus pistolas en la explanada frente al Palacio Real y fuero capturados en la Plaza Mayor.
  26. Juan Antonio Alises. Natural de Villarrubia de los Ojos, era el palafrenero del infante Don Carlos y tenía una hija de cinco años.
  27. Miguel Gómez Morales, oficial jubilado de embajadas. Luchó frente al Palacio Real.
  28. Francisco Bermúdez y López de Labiano. Natural de Segovia, era ayuda de Cámara de Palacio y hermano del organista de campanillas del Monasterio de El Escorial. Casado, con domicilio en la calle de San Bernardo, donde estuvo luchando hasta que fue detenido.
  29. Juan Antonio Martínez del Álamo. Aunque no está totalmente identificado, existe documentación que permitiría incluir entre las víctimas.

(datos de la Wikipedia)

Además, en el cementerio hay una placa conmemorativa dedicada a Sor Marta, una monja francesa que ayudó a 600 militares españoles presos a Besançon, donde ella realizaba sus obras de caridad visitando a presos; ella cuida de los enfermos t¡y les proveé de sus necesidades más urgentes; cuando los prisioneros tenían que hacer alguna reclamación al comandante de la plaza, ella les hace de intérprete, y gracias a la gran consideración que se tenía hacia su persona, sus solicitudes solían ser llevadas a cabo.

Podéis leer más de su historia aquí

También hay una placa conmemorativa al General Espartero, el Príncipe de Vergara, también conocido como el “pacificador de España” por el pueblo y protector y defensor de esta orden de milicianos.

Este cementerio abre sus puertas el 2 y 3 de Mayo el día entero y los sábados de los meses de Mayo y Junio de 10h a 13h.

 

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

Establecimiento y uso del primer cementerio extramuros de España

Establecimiento y uso del primer cementerio extramuros de España

Establecimiento y uso del primer cementerio extramuros de España

Como ya comentamos en post anteriores, Carlos III fue el precursor del primer cementerio extramuros de España. El primero que regularizó y construyó como tal fue el de la Granja de San Ildefonso, y para que el resto de los cementerios se basaran en él, reguló en 1787 el establecimiento y uso del cementerio del Real Sitio de San Ildefonso, a través de una noticia.

Esta comienza con la advertencia de que no tiene por objeto recomendar la importancia y utilidad de enterrar los cadáveres fuera de las iglesias y de las poblaciones, ya que Carlos III en su cédula del 3 de Abril de ese mismo año hablaba de la obligatoriedad de que todos los cementerios del reino pasasen a ser de esta manera, si no que está escrita para guiar al resto de poblaciones en cómo deberían de ser sus nuevos cementerios.

Os transcribimos el reglamento, adaptado al castellano actual:

 I. Todos los cadáveres de las personas que fallezcan en el Real Sitio de San Ildefonso desde el día primero de Marzo próximo, de cualquier clase, estado y dignidad que sean, se enterrarán en el Cementerio cosntruido extramuros de él.

II. Cuando pueda extraerse el cadáver de la casa, se conducirá privadamente, bien a la Capilla de la V.O.T. (Venerable Orden Tercera) de San Francisco (inmediata a la iglesia de Nuestra Señora del Rosario, en la que se ejercen as funciones parroquiales del Sitio) o bien a la Capilla del Cementerio; lo que dependerá de la última voluntad de los que mueran y de sus Testamentarios: a cuyo fin se tendrán prontas en la Parroquia unas andas con una caja grande cubierta t puesta sobre ruedas, que puedan llevar una o dos caballerías; y se enviarán a la casa mortuoria siempre que se pidan.

III. Si el cadáver se condujese a la Capilla de la V.O.T. permanecerá en ella hasta la hora en que haya que decirse la Misa y Nocturno. Entonces se pasará al a Iglesia para que se digan estos oficios, estando el cuerpo presente; y acabados se restituirá el cadáver a la Capilla, desde la cual se conducirla al Cementerio a la hora que pareciera más oportuna.

IV. Cuando se conduzca el cadáver al Cementerio desde la casa mortuoria en desechura, se dirán también en la Iglesia Parroquial los oficios correspondientes como si se llevase a ella.

V. Para que al tiempo de dar tierra a los cadáveres se diga el oficio de sepultura, se ha establecido que haya una habitación inmediata a la Capilla del Cementerio, que sirva para uso Eclesiástico, el cual tendrá la obligación de decir dio oficio, y dar al conductor del cadáver una cédula en que exprese en nombre del difunto, hora y lugar en que ha sido enterrado; cuya cédula entregará el conductor al Cura de la Iglesia Parroquial o a su Teniente para que siente la correspondiente partida. El mismo eclesiástico podrá servir también para decir en la Capilla del Cementerio las Misas que se le encargaren por las almas de los difuntos que se enterrasen en él.

VI. No se hará novedad en el pago y cantidad de los derechos con motivo de entierros se ha satisfecho hasta ahora; pues la manutención del Capellán de la Capilla del Cementerio y la conducción de los cadáveres serán a expensas de S. M. (Su Majestad), así como se ha hecho el Cementerio mismo; queriendo su Real beneficencia libertar al Sitio de San Ildefonso de los gravísimos males que ha experimentado en tantos años, por enterrarse en la Iglesia Parroquial y en su atrio todas las personas que fallecían en dicho Real Sitio, y que el remedio de estos males no le sirva del menor gravamen ni dispendio.

VII. Para que la Parroquia no quede perjudicada en los derechos de rotura de seulpturas que en ella se han hecho hasta aquí, se señalarán en el Cementerio otras tantas clases como había en la Iglesia; advirtiéndose que los Canónigos, Racioneros y Capellanes de la Real Iglesia Colegial se enterrarán en la inmediación de la Capilla, como lugar más distinguido, así como lo han tenido hasta ahora por resolución de S. M. En la Iglesia de nuestra Señora del Rosario.

VIII. Siendo posible que durante la residencia de la Corte en el Sitio de San Ildefonso fallezcan en él algunas personas de nota, cuyos cadáveres convenga depositar con separación por algún tiempo: ha mandado el Rey se construyan en el Cementerio seis nichos, que quedarán reservados a disposición de S.M. , quien por consideración a la dignidad Arzobispal con que han sido condecorados hasta el presente los Abades del Sitio de San Ildefonso, permite desde luego se entierren estos en los nichos.

IX. Como en el discurso del tiempo resultará en le Cementerio gran número de huesos, se ha dispuesto que unido a él se haga un osario en donde se vayan depositando dichos huesos; y cuando haya una porción competente, se diga un Oficio general por las almas de tdos los fieles a quienes pertenecieron, y se les de sepultura eclesiástica en lugar cómodo del mismo Cementerio.

El Pardo, 9 de Febrero de 1785.

Como podemos comprobar, estas bases quedaron establecidas y arraigadas lo suficiente como para que, con sus reformas, anexos y cambios a lo largo de los siglos, sigan siendo imprescindibles aún en los entierros a día de hoy.

El documento continúa con un exhorto al pueblo del Señor Arzobispo de Amida, abad del sitio de San Ildefonso en ese momento.

Podéis ver y descargaros el documento entero aquí.

 

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

¿Cuál fue el primer cementerio civil de España?

¿Cuál fue el primer cementerio civil de España?

¿Cuál fue el primer cementerio civil de España?

El del Real Sitio de San Ildenfoso, es el primer cementerio civil de España. No fue el primer cementerio extramuros, pues anterior es por ejemplo el barcelonés de Poblenou, pero sí el primero civil por depender de la Corona y no de la Iglesia y el que marcó la pauta.

Carlos III ordenó la construcción del Cementerio de San Ildefonso en el año 1783 y dos años después, el 7 de julio de 1785 era inaugurado con las bendiciones del arzobispo de Armida, abad de la Granja, y con las ceremonias del Ritual Romano. Aún han de pasar dos años para que el Monarca formulara la Real Cédula de 3 de abril de 1787 en la cual se prohibían los enterramientos en las iglesias, excepto para el alto clero y personas del estamento privilegiado que estipulada el Ritual Romano y la Novísima Recopilación.

En las ordenanzas del Reglamento del Cementerio del Real Sitio de San Ildefonso, que fue publicado el día 9 de febrero de 1785, serán donde se apoyaran las construcciones de los primeros cementerios en España y en sus territorios fuera de la península. El artículo primero de este reglamente rezaba: << Todos los cadáveres de personas que fallezcan en el Real Sitio de San Ildefonso, de cualquier estado y dignidad que sean, se entierren en el cementerio construido extramuros de él >> , hace hincapié en la obligatoriedad y la universalidad de una medida que en aquella época levantaba ampollas.

El lugar donde fue construido el camposanto no fue al azar y es por ello que lo sufragaron las arcas de la corona. Carlos III proyectaba aislar a los muertos de esta población que vivía un crecimiento de población desde que Felipe V e Isabel de Farnesio establecieran allí la Corte en verano. Desde hacía muchos años en España, como en sus países vecinos se lidiaba sobre los riesgos que entrañaba para la población la costumbre de enterrar a los muertos en las iglesias. No es hasta la epidemia de peste que asoló Pasajes (Guipúzcoa) en 1781, y que por el hedor insoportable que se sentía en la Iglesia Parroquial, cuando el Monarca toma la decisión de encargar al Consejo de Castilla que buscara solución, el lugar escogido para poner en marcha el proyecto fue el Real Sitio de San Ildefonso.

El primer cementerio tenía un área de unos 49 metros de largo y 25 de ancho, con una singularidad , la puerta de acceso del cementerio concordaba- y concuerda- en la misma línea que la de la capilla y ésta con el altar.

Seguramente las primeras personas que fueran inhumadas en este primigenio cementerio fueran trabajadores de la Corte que no tenían posibilidades de costear el entierro y cuyo ritos funerarios los soportaba la Corona. Este cementerio y el del Pardo fueron los únicos que todos los gastos acarreados los cubría la Corona Española.

Fiel reflejo del pensamiento ilustrado, fue diseñado con una postura claramente interesada. Fue Fernando VII quien tras crear un fondo para la acometida de reparaciones y conservacion del camposanto lo amplió con 15 nichos reservados para los abades del Real Sitio, clero, Grandes de España, ministros, consejeros de Estado… que pagaban unos 600 reales por una permanencia de ocho años. En el segundo escalón de la jerarquía se construyeron otros 15 nichos, estos para los canónigos, gobernadores, corregidos a razón de 400 reales por ocho años, y de espaldas a la capilla teniendo como tercer escalón en su pirámide se realizaron 9 nichos donde se enterraban a los empleados del Real Sitio y otras personas decentes y de familia honesta. El resto de las personas fallecidas se inhumaban directamente en tierra con numeraciones tanto para adultos como para párvulos.

El día 28 de octubre de 1866 la Reina Isabel II y con objeto de recaudar más ingresos para la manutención del cementerio, otorgó la perpetuidad a aquellos que lo solicitasen a cambio de 2000 reales para primer orden, 1500 para segundo y 1000 en los de tercer orden. En algunas ocasiones la gracia de perpetuidad es por Real Orden.

La tercera y última etapa estudiada se corresponde a las sucesivas reformas llevadas a cabo en el siglo XX.

Las consecuencias derivadas de la construcción del cementerio civil de San Ildefonso no sólo mejoraron la salubridad pública. La visita a la sepultura, las inscripciones en las sepulturas, biográficas y elogiadas, la limpieza, la vegetación y decoro en la sepultura fueron factores que afectaron al comportamiento y actitudes en el ser humano con respecto a la muerte del ser querido.

El cementerio de San Ildefonso es un monumento en sí mismo; es un lugar de reposo privilegiado de nuestra Historia ofreciendo una realidad socio-cultural que permite indagar la emotividad social a través de sus epitafios. Sus posibilidades culturales y simbólicas son múltiples porque utiliza el Arte y la Historia para hablar de realidades sociales, estilo de vida, de aquella época.

   Entre las personalidades que se hayan enterradas en este Real sitio podemos hallar a el Conde de Raynaval, embajador del Francia; Don Santos Martín Sedeño, Canónigo Presidente del Cabildo y gobernador Eclesiástico de la Abadía; Don Ricardo Selles de Robles , interventor del Real Patrimonio; José Gras, primer jardinero de Aranjuez; Don Miguel González de Castejón y Elio, profesor de Alfonso XII; Don Juan Abril ,coronel que defendió en 1850 el Real Sitio de las tropas francesas.

Dignas de mención son algunas de las inscripciones que rezan en algunas de las lápidas de este camposanto, las de finales del siglo XIX que se encuentran en el interior de la capilla dicen: “Afán y llanto en la vida, en su carrera fugad (sic), aquí principia la paz”, “Aquí vendrás a parar,vivos elegid lugar” o “Padres, esposa, hijos tube (sic), uno a uno los perdí, ya estamos juntos aquí”

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com