Fotografía Post Mortem

Fotografía Post Mortem

Fotografía Post Mortem

La muerte siempre existe, convive con nosotros diariamente; uno sabe el día que nace pero nunca el día que muere. Y así ha sido desde el origen de la historia, a lo largo de ella la cultura funeraria ha ido evolucionando. Depende de la zona del globo donde vivas, así convives con la muerte. En algunos rincones del planeta la muerte es un ciclo más de la vida y no la esconden, al contrario.

Actualmente tratamos la muerte como un tema tabú, no nos permitimos pasar el duelo, a los niños se les dice lo justo y adornado con mil florituras, vivimos tan deprisa que cuando tenemos que “parar” porque perdemos a un ser querido, no lo hacemos.

Hoy vamos a hablar de un rasgo de la muerte peculiar, avisamos que no será del gusto de todos nuestros lectores, pero tenemos que reconocer que hubo un tiempo en el que esta práctica era muy habitual. Como decía mi profesor de Historia: “para entender los hechos tenéis que pensar como pensaban en aquella época”.

Viajamos al siglo XIX, en plena ebullición del Romanticismo, considerado como el primer movimiento de cultura que cubrió el mapa de Europa por completo. ¿Su característica principal? Romper con todas las tradiciones clasistas y estereotipadas. Con esta pequeña introducción ya podemos conocer un poco el movimiento de las fotografías post-morten.

Esta práctica nació muy poco tiempo después de la fotografía tal y como la conocemos, ve la luz en París aunque rápidamente se extiende a otros países donde tiene una magnífica acogida.

Pero fotografiar fallecidos no era algo nuevo, ya en el Renacimiento se hacían retratos de ese trágico momento, especialmente se producía en religiosos y niños y se realizó durante todo el siglo XVI por Europa. Caído en el olvido durante algunos siglos, el Romanticismo lo volvió a recuperar; la práctica consistía en vestir al fallecido con sus mejores galas y que posara para la fotografía; algunas de ellas se hacían de manera individual aunque muchas otras se realizaban con toda la familia reunida en torno al difunto.

Como ya hemos mencionado hay que ponerse en la época, lo que hoy seguramente nos parezca algo “raro” o incluso fuera de lugar, en el siglo XIX estaba considerado como un privilegio, no todas las familias se lo podían permitir pues el proceso era costoso. Para ellos era una manera de tener un recuerdo “vivo” de la persona, para muchos de ellos sería la única fotografía que se les realizaría en toda su vida, su muerte.

Se pusieron de moda fotógrafos especializados en este tipo de imágenes: Francisco Rave, Tomas Helsby y Bartola Luigi, por nombrar algunos, utilizaban distintas técnicas y artilugios para embellecer esa captura y que no se notara tanto la crudeza de la muerte. Estos retratos mortuorios se encontraban divididos en tres categorías para retratar al difunto.

En un último intento por simular la “vida” en el fallecido, se les retrataba con los ojos abiertos, sentados en sillas, sofás y casi siempre rodeado de sus familiares. Viendo este tipo de fotografías es fácil saber quién es el fallecido y no, pues la fotografía de aquellos tiempos tenía un tiempo muy largo de exposición y como el sujeto sin vida no tiene movimiento la imagen sale muy nítida y la de sus familiares no.

Una de las técnicas más utilizadas en niños era hacerlos parecer dormidos; en su cuna, su camita o en el regazo de los padres, para ellos es como si estuvieran descansando y en algunas imágenes se puede ver como los acunaban con ternura. Existe un archivo bastante extenso de fotografías infantiles, hay que pensar que el índice de mortalidad infantil era muy alto, además las familias solían tener una gran prole, de los cuales, al menos la mitad fallecían en sus primeros años de vida. Para estas familias tener ese recuerdo era algo completamente normal y hacían grandes sacrificios para poder pagarlas.

Otra manera de realizar las fotografías post-morten era sencillamente hacerlas sin simular nada, en el féretro o en el lecho de muerte se tomaba la captura del fallecido, en la gran mayoría de estas fotos se puede ver como el cuerpo inerte está rodeado de flores u otro tipo de ornamento floral.

Lo creamos o no esta técnica de fotografiar a los fallecidos fue evolucionando: ya en el siglo XX comenzaron a tomar imágenes desde otro ángulos y perspectivas; médicos forenses las incluían en sus expedientes cuando realizaban autopsias y dentro de ámbito periodístico fue transformándose en fotoperiodismo haciendo que en la actualidad sigan tomándose este tipo de imágenes, aunque dentro de otro entorno: guerras, incendios o crímenes, buscando más el impacto que el recuerdo.

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com

Ajuares funerarios (I)

Ajuares funerarios (I)

Ajuares funerarios (I)

Todas las culturas y creencias de una manera o de otra piensan que después de la muerte existe alguna forma de vida. Por ello, desde los orígenes de la historia los muertos se han llevado consigo objetos y provisiones para facilitar su tránsito hacia la otra vida.

Generalmente dichos objetos son inorgánicos: vasijas, ánforas, utensilios de piedra y metal; pero existen también los que se hicieron acompañar de otros seres humanos. Estos ajuares siempre han sido un indicador bastante fiable del estatus social del fallecido, y ayudan a determinar el país, gente, tipo de sociedad, ciudad o cementerios, haciendo una configuración sociológica a raíz de los restos encontrados.

 

El rico ajuar hallado en la cámara funeraria del Príncipe Íbero de Arjona en Jaén, está datado en el siglo I a.C.; distintos elementos como recipientes de cerámica, un carro funerario adornado con bronce e inscripciones y ánforas para albergar líquido como el vino o el agua, han hecho que haya podido documentar por primera vez el nombre de un íbero.

Otra civilización que agasajaba a sus muertos era la sociedad romana. Para ellos el paso de la vida terrenal a nueva vida había que celebrarlo y llorarlo al mismo tiempo. Los romanos debido a la Ley de las XII Tablas tenían prohibido enterrar a sus fallecidos dentro de la ciudad por cuestiones higiénicas, por lo que debido a ello siglos después se han encontrado verdaderas necrópolis. Antes de enterrarlos o incinerarlos según su costumbre, había que poner una moneda en la boca para que el muerto pagara a Caronte, el barquero de Hades; pero este detalle sólo se hacía entre la gente pudiente. Por supuesto el fallecido se iba con su ajuar, estos utensilios solían ser elementos que describían la vida del muerto: herramientas o armas si era un guerrero. También llevaban ofrendas para las divinidades, ungüentos, y pequeños recipientes con alimentos.

Pero sin duda una de las civilizaciones que más ajuar llevaban a su viaje hacia la otra vida fueron los egipcios. Según su creencia la vida en el “Más Allá” transcurría de la misma manera que antes de abandonar el mundo en el que vivían, por ello los ajuares para los egipcios eran de suma importancia.

Para procurar que una vez llegado a su destino tuviera todo lo necesario al fallecido le acompañaban productos de belleza, joyas, amuletos, vestidos e incluso calzado. También eran consideradas parte del ajuar las pinturas o relieves, para ellos era la manera de dejar constancia de lo que el difunto se llevaba al “Más Allá”. Además de todos estos utensilios era muy común añadir a las tumbas figuritas cargadas de magia para proteger a los muertos ante cualquier daño que pudiera venir.

Como podréis comprobar el ajuar funerario ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad. Hoy en día tampoco es muy raro que el difunto se lleve “algo” de ajuar, aunque desde luego nada tiene que ver con lo que se llevaban las antiguas civilizaciones. Tabaco, fotografías incluso alguna que otra bebida espirituosa puede acompañar a nuestros difuntos en el viaje hacia la otra vida.

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com

I Aniversario de Guía de Cementerios

I Aniversario de Guía de Cementerios

I Aniversario de Guía de Cementerios

Hoy hace un año que pusimos en marcha la Guía de Cementerios. Escogimos este día porque es la fecha en la que Carlos III presentó la cédula que indicaba que todos los cementerios debían de ser extramuros. Que no se le hizo caso hasta varios años más tarde, pues también, que a cabezones no nos gana nadie.

Ha sido un año de arduo trabajo, con mucha, muchísima ilusión y la mismas ganas e ilusión de seguir haciendo que la web crezca hasta que metamos la última referencia en ella. Sólo nos quedan unas 16.000 entradas, pero ¿quién dijo miedo?, a cabezotas, como a los españoles del siglo XVIII, tampoco tenemos rival.

Queremos daros las gracias desde ya a todas las personas que nos estáis apoyando, bien desde el principio (tenemos unos maridos y unos hijos que son unos soles y que ya no flipan con nada) y a todos los que nos habéis ido conociendo y dando ánimos a lo largo de estos meses, porque sois un bastión para seguir con esto y nos demostráis que os gusta lo que hacemos; y a quién no le gusta un halago, oye.

Así que queremos darle las gracias (esperamos no olvidarnos a nadie), a Ángel, Paula y Victor, a Raúl y Diego, a Ramón, Sandra y Marcos y a Carla y Julio por ser nuestros fans incondicionales; a Nines y Marijose, que aunque ya no están trabajando con nosotras en la guía, han sido una pieza fundamental en este engranaje; a David, que fue la primera persona “ajena” que abrió los ojos como platos cuando le contamos nuestra idea y nos animó a continuar.

A Toni, Esther, Ainara, Fer y Javier por acogernos con los brazos abiertos y ayudarnos y enseñarnos un montón de cosas; hemos aprendido tanto de vosotros que no sabemos cómo agradecerlo, así que de momento os debemos unas cañas.

También le debemos unas cañas a Jose, que se hacía las rutas de la bici pasando siempre por los cementerios para aprovechar y sacar unas fotos; o a nuestro querido Jesús, barrendero de Ciudad Real, que cuando recogía el contenedor de la puerta nos hacía el favor de tomar unas fotos; al otro Jose, que tiene a la familia hasta las orejas de llevarles a cementerios cuando salen de excursión los fines de semana por hacernos las fotos; a Natalia, a quien alguien le contó nuestro proyecto y cada vez que sale, vuelve con fotos para nosotras; a German, por hacerse sus rutas de runner pasando por los cementerios de Colonia, y a Diego, que desde Portugal no hay semana que no nos mande cien mil enlaces que nos pueden interesar. Y en general, a todas aquellas personas a las que hemos acosado cada vez que sabíamos que se iban a ir de viaje a cualquier parte. Hemos llegado a pedir fotos a gente que habíamos conocido hacía diez minutos. Algunas nos hicieron caso.

También queremos dar las gracias a todas esas personas que nos han ayudado enviando fotos o contándonos historias al correo; en especial queremos agradecerles a todos los trabajadores de los cementerios que nos han escrito para darnos información acerca de los recintos en los que trabajan (y corregirnos algunas cosas, jaja).

Sin olvidarnos de Curro y Patricia, que nos dejaron un sitio en sus programas de radio para dar a conocer nuestro proyecto.

Y en general, a todos los que nos leéis y participáis con nosotras. Muchas gracias, de verdad. Y que sea por muchos años.

Bueno, que parece que nos han entregado un Oscar. Ahora vamos a la parte divertida. No sólo hemos mandado a todas las personas que conocemos con acceso a una cámara de fotos que nos las hicieran, nosotras también hemos salido a documentarnos. Han sido, y serán, muchos kilómetros recorridos, y como era de esperar, han surgido unas cuantas anécdotas. Nosotras llevamos meses riéndonos con ellas, así que esperamos que a vosotros os pase lo mismo.

Mari Ángeles

En una ocasión que acudimos Ángel y yo a un cementerio por el fallecimiento de un conocido a cierta hora de la tarde, después de dar el pésame y demás, salimos para hacer las respectivas fotos al cementerio.

Suele ser tal la emoción que nos embarga cuando encontramos un cementerio que pasamos dentro más tiempo de lo normal, porque además en este caso el camposanto era de tamaño considerable y necesitaba su tiempo, tanto que, cuando fuimos a salir la puerta estaba cerrada, sobrepasamos la hora de cierre sin darnos cuenta y… ¿Ahora qué hacemos? Descartamos la posibilidad de gritar para que nos escuchara alguien, a pesar de que el tanatorio estaba próximo…pues nada, sólo quedaba saltar la valla, que afortunadamente no tenía gran altura.

 

Cuando salimos de excursión o a hacer trabajo de campo, como decimos nosotras, para visitar el mayor número de cementerios posibles y traernos un buen reportaje de fotos, se ha convertido ya en un tópico (aparte de los bocatas para el camino) llevar una escalera de altura considerable, sencillamente porque dado que muchos cementerios están cerrados, y da mucha rabia tenerlo delante de las narices y no poder entrar, abrimos nuestra escalera a pie de muro y así, al menos, alguna foto conseguimos para documentarlo. Antes de pensar en la escalera, pegábamos el maletero del coche al muro, lo abríamos y subidas dentro hacíamos las fotos. Poco a poco vamos avanzando, y ahora nos hemos comprado un dron en Aliexpress para aprender a manejarlo y que ya no haya verja ni muro que se nos resista.

Y el otro instrumento que no puede faltar es el palo de Selfie, que también resulta muy útil, cuando la puerta del cementerio está cerrada, permite introducirlo a través de sus barrotes y hacer unas estupendas fotos como si hubiéramos estado dentro.

Pero no solo hemos encontrado dificultades con los muros, si no que también hemos tenido que bregar con algo a veces más robusto que una pared de piedra, que son los habitantes del pueblo que visitábamos. Todos los pueblos tienen su cementerio, y cuanto más pequeño sea, con más recelo lo guardan. Esto lo descubrió Marijose haciendo el Camino de Santiago este verano, que tardaba una media de 10 minutos en sonsacar el destino del camposanto al habitante del pueblo que preguntara, entre cien mil ¿Y para qué quieres saberlo? ¿ Y por qué haces una guía? Y un sentenciador “Pues vaya trabajo raro que tienes, hija”

Aprovechamos cualquier momento de nuestras vidas para coger el coche e irnos de excursión a hacer fotos. Donde sea. Como a la Soria más profunda en pleno mes de Julio. A unos 50 grados a la sombra. Y es que hay sitios a los que el coche de Google Maps no ha llegado en profundidad, tampoco la cobertura móvil, así que hay que tirar de autóctonos para llegar a los sitios, como se hacía en el siglo XX.

Paloma

Llegamos al primer pueblo pequeño. Vemos una señora mayor. Le pregunto:

– Hola, buenas tardes, ¿el cementerio por favor? 

(La señora me mira muy desconfiada de arriba a abajo, deteniéndose varias veces en mi pelo, que en aquel momento era rojo tomate) 

– ¿Tienen a alguien allí? 

(Recuerdo que a Marijose le han hecho esa pregunta en las aldeas gallegas)

– Ehhh…no, no lo sé. Estamos buscando a una tía de mi madre que sabemos que es de la zona, pero no estamos seguros de que esté aquí, vamos buscando. 

– ¿Cómo se llamaba? 

– María Martín (coño, que casualidad, como mi abuela) 

– No me suena 

– (Pues mire que he ido a buscar un nombre típico) Ya, bueno, por echar un ojo. 

– ¿Pero era de aquí? 

– (No señora, mi abuela era de Coín, Málaga) Creemos que sí, de la zona. No sé, cosas de mi madre. 

– ¿Estaba casada? 

– (Joder con la Stasi) : Sí, el marido se llamaba José García (coño, como el jefe de mi marido) 

– Pues no me suena 

(Ya, señora, menos mal porque es todo inventado, por dios, ¿me quiere dar las indicaciones para llegar al cementerio?) 

– ¿Me puede decir dónde está? 

– No vais a encontrar a quien buscas. 

– YA, pero por echar un ojo…. 

Después de 10 minutos consigo que la señora me diga dónde está.

 

Aldea 2

Señor sacando el coche de su garaje. Le preguntamos. Esta vez la conversación es con mi marido.

– Hola, buenas tardes, ¿el cementerio por favor? 

(Se asoma a mirar quiénes vamos dentro del coche) 

– ¿Tienen a alguien allí? 

– No lo sabemos, estamos buscando a una tía de su madre que sabemos que era de la zona. 

– Pues no está aquí seguro. 

– Vaya, ¿nos puede decir dónde está el cementerio y lo miramos nosotros?

 – ¿Cómo se llamaba? 

– María Martín. 

– Aquí había una María… ¿Cuál era el mote? 

– (Señor, no me voy a inventar un mote ahora mismo que estoy ya cansado) Ni idea, oiga. ¿Me puede decir dónde está el cementerio? 

– No van a encontrarla. 

– Bueno, vale, pero ¿me dice dónde está? 

Cuando ya nos entraron ganas de decirle “mire, ya lo busco yo”, se dignó a decirlo.

 

Aldea 3

Llegamos y tienen dos cementerios. El municipal y el viejo. Es una aldea de unos 30 habitantes. 

10 de ellos estaban en la puerta del cementerio viejo. No nos bajamos. No podíamos enfrentarnos a una decena de interrogadores. Seguimos hasta el cementerio nuevo sin mirar atrás.

 

Aldea 4

Llegamos al cementerio municipal. Hay alguien dentro, y unas llaves por fuera. Nos acercamos.

– Hola, ¿tenéis llave? 

– No.

– ¿Tenéis alguien enterrado aquí? 

– No, pero estoy haciendo una web sobre los cementerios de España y si me dejas hacer unas fotos te estaría muy agradecida. 

– Sí mujer. (lo de la web suena guay y queda impactante)

(No me lo podía creer. Entro, hago las fotos y me paro a hablar con ella frente a la tumba que estaba limpiando) 

– Muchas gracias, llevo ya unos cuantos hechos a través de los barrotes y así es mucho más cómodo. 

– De nada, de nada. (Me quita el estropajo y el cubo de la tumba que estaba limpiando para que le haga una foto) Hazle fotos si quieres. 

– No tranquila, sólo hago fotos panorámicas para que no se vean los nombres. 

Me fijo en su lápida. “Familia Contreras Noseque” me fijo en la de al lado “Familia Noseque Contreras” ; otra, “Familia Contreras Noseque”.

Le doy las gracias y me voy hacia el coche.

Joder, quizás me hubiese llevado menos interrogatorio en el resto de los pueblos si hubiese usado mi apellido desde el principio.

 

Aldea 5

Ya preparados como dos fieras para enfrentarnos a la Stasi, buscamos un Contreras, buscamos un Contreras, llegamos al pueblo y le preguntamos al primer señor que pillamos.

– Hola buenas tardes, ¿el cementerio? 

– Sí, suba por esa calle y al final, ahí lo tiene. 

– Gracias

Joder, cuando ya teníamos todos los cabos atados y el entrenamiento suficiente van y nos lo ponen fácil.

 

Todas este año hemos dirigido las vacaciones hacia las zonas de España de las que nos tocan los cementerios porque somos únicas mezclando ocio y trabajo; algunas de nuestras familias lo sospecharon desde el principio pero se hicieron los locos, así que hemos conseguido combinar piedra y playa. Una de nosotras también se fue de ruta por Europa y de los monumentos típicos os puede contar poco, pero los cementerios se los aprendió al dedillo.

Clara

Cádiz capital, buscamos el cementerio de San José, a la tercera vuelta lo encontramos. ¿Sitio para aparcar? Ninguno. Seguimos dando unas cuantas vueltas más y nada, en la última vuelta que dimos me fije que había mal aparcada una furgoneta con unos operarios al lado, ocupaba más espacio del que debía.

Así que le dije a mi marido que lo dejara en doble fila, que iba a hablar con uno de los hombres.

-Buenos días caballero.

-Bueeeenas.

-¿Le puedo pedir un favor?

-Dime “quilla”.

-Si achucha un poco la furgoneta, acoplo mi coche, es que mire, quiero ir al cementerio (quedaba justo de frente) voy a tardar ná y menos.

-¡Claro, mujer! Faltaría más, es que aquí para aparcar te puedes tirar la vida.

Pues el hombre lo hizo, ¡más majos y salaos los gaditanos!

Entré en el cementerio y resulta que estaba vacío, sólo quedaban las oficinas.

 

 

Cementerio viejo de Chiclana, entramos y veo que tienen oficinas. Decido hacer las cosas bien, presentarme y pedir permiso para hacer las fotos.

-Buenas, mire soy de Guía de Cementerios, una web que está documentando todos los cementerios de España. ¿Le importa que haga fotos?

-Noo, a mi no, pero a los parroquianos seguro que si (palabras textuales).

-Bueno, pues si no le importa yo las hago con discreción, tampoco quiero molestar a las familias.

-Bueno hija, pero con cuidado, si viene alguien a quejarse dejas de hacer fotos.

-Si si, claro.

Así que entramos en el cementerio, para tardar menos y que no nos pillaran haciendo fotos nos dividimos: los chicos por un lado y yo por el otro.

Parecíamos paparazzi, haciendo fotos casi escondidos entre los matorrales, y detrás de los árboles para que los parroquianos no nos echaran el alto.

 

Vacaciones familiares, antes de irnos a la playa tenemos previsto ir a Véjer para visitar el cementerio y hacer las fotos. Los tres con ropa de playa; bañadores, chanclas, bolsa etc.

Llegamos a Véjer y vemos que hay una oficina de información de turismo, entramos con la intención de preguntar directamente por el cementerio.

-Buenos días

La chica saca el plano de rigor y comienza con la perorata.

-Buenos días, si suben por aquí encontraran el castillo, luego a la derecha está el mirador y…

-Para para, sólo quiero saber dónde está el cementerio.

-¿El cementerio?

-Sí, el cementerio.

– Ahh!! Pues suba la calle y en una rotonda pequeñita que hay a la derecha.

-Gracias y buenos días.

Total, que subimos la calle y cuando llegamos a la rotonda vemos que a la derecha nacen dos calles, y la muchacha de turismo no nos ha especificado si era derecha o derecha derecha.

Casualmente hay dos policías en la rotonda y les pregunto.

-Buenas, ¿el cementerio?

– ¿El cementerio?

(Sí, queremos ir al cementerio, verlo, hacer las fotos e irnos a la playa, si es hoy mejor que mañana).

-Sí señor.

-Ahhh, pues esta primera calle a la derecha…

Según me está indicando veo el final de un cortejo fúnebre, así que corto la palabra al policía, le doy las gracias y tiramos detrás del cortejo, seguro que con ellos llegamos al cementerio.

Los seguimos con discreción, no queremos molestar pero las calles adoquinadas y el ruido que hacían las chanclas no nos ayudaron. Llegamos al cementerio, esperamos fuera a que se realizara el entierro y cuando salió la gente entramos nosotros a verlo y a hacer las fotos.

 

Vamos a pasar el día a un pueblo de Salamanca para ir a ver a unos familiares, antes, paramos en Zorita de la Frontera. Llegamos al cementerio y vemos que está abierto, dentro hay un hombre y una mujer trabajando en una fosa.

Entro y me pongo a pasear viendo que fotos puedo hacer.

-¿Buscas a alguien?

-Sí, a un familiar de mi padre, aunque no sé si está aquí.

-¿Cómo se apellida?

Le digo Del Águila, es el apellido de mi padre y es raro encontrarlo. Me dice el hombre

-¿Del Águila? ¿No tendrás familia en Peñaranda?

-Sí, tengo familia allí.

– ¿Y algunas de tus familiares no serán…..? Me dice los nombre de 3 de mis tías.

-Sí, son mis tías.

-Andaaa, pero si hemos ido juntos al colegio, los conozco a todos.

Pues na, el hombre me dejo hacer fotos, me enseño la sepultura de su padre, me explicó el porqué de su lápida y me contó toda su vida. Llegamos tarde a comer.

 

Voy a unos cuantos cementerios próximos a mi localidad, primera parada, Serranillos del Valle. Según el GPS el cementerio está situado a la derecha de la carretera, siguiendo un camino rural. Bueno, pues me meto (haciendo casito al GPS) y tiro, tiro, tiro, tiro, y ni rastro del cementerio ni los cipreses. Llevaría como 10 min por ese camino cuando veo venir de frente un todoterreno, me echo a un lado del camino para dejarle pasar y cuando llega a mi altura se para.

-¿Dónde vas?

-Al cementerio, pero parece que no llego nunca.

-Es que por aquí no hay ningún cementerio.

-Joder, pues el GPS me pone que sí.

-Pues por aquí no hay nada. Date la vuelta y síguenos porque a partir de aquí el camino se pone mucho peor y no llevas el coche adecuado.

Total, que tuve que maniobrar cien veces para poder dar la vuelta, y seguir a esos buenos hombres que me salvaron de acabar vete tú a saber dónde. ¿El cementerio? Ni lo encontré.

No solo de saturar a nuestras familias vivimos, también hemos empezado a hacer excursiones nosotras a lo Telma y Louise.

Clara

Viaje previsto con Nines para irnos por Cataluña y Aragón en busca de documentación y fotos para la web.

Día de salida, seis de la mañana, me presento a recogerla en la puerta de su casa y me la encuentro vestida como un pincel (yo iba en plan batalla de campo).

-Nines, ¿Dónde te crees que vas con tacones y todo?

– Ayyy, nunca se sabe, a lo mejor encontramos a alguien para hablarle de la web.

(Vale, son las 6 de la mañana, me quedan 400km por delante y 4 días contigo, te vas con tacones).

Llevaba lloviendo toda la noche y la lluvia nos acompañó todo el viaje, no paró. Llegamos al primer cementerio de nuestro itinerario previsto. La lluvia había parado pero el suelo estaba encharcado por todos los lados, y el del cementerio, más. Bajamos para hacer las fotos y Nines con sus tacones por todo el recinto, tac, tac, tac, tac, tac, tac. Se le oía por donde fueras.

-Nines, ahora mismo te quitas los tacones que yo no te aguanto cuatro días con la matraca.

-Nooo, si he traído más calzado, mañana me pongo otro.

-Más te vale porque como no sea así te quedas por tierras mañas.

Continuamos nuestro camino, eso sí, con los tacones llenos de barro, y mi coche también.

 

Mismo día, después de desayunar en Tarazona seguimos nuestro camino, serían las 10 de la mañana, estaba comenzando a bajar la niebla. Llegamos a un pueblo y no encontramos a nadie a quien preguntar por el cementerio. Después de unas cuantas vueltas lo encontramos, estaba cerrado.

Como eso nunca ha sido un impedimento para hacer aunque sea 4 fotos, me pongo en la puerta, meto el brazo con la cámara y comienzo a hacer las fotografías.

Nines se fue por uno de los laterales y al rato de no oír el tracatraca de sus tacones, la llamo.

-Nines! ¿Dónde estás?

Nada.

-Nines!

Silencio.

Al minuto empiezo a oír (a todo esto la niebla había bajado del todo y se podía cortar con cuchillo)

-Estoy aquíííííí.

-¿Dónde?

-Aquííííííí

Tiro para uno de los laterales del cementerio y allí me la encuentro encaramada encima de la tapia, con tacones y todo. Le pasó como a los gatos, que para subir, bien pero para bajar, es otra historia.

Así que la tuve que coger en brazos para bajarla, menos más que es recogidita. Eso sí, allí mismo se quito los tacones.

 

Ultimo día del viaje de Nines y yo, llegamos a Teruel, las cinco y media de la tarde, cansadas de llevar todo el día parando de cementerio en cementerio. ¿ y qué es lo primero que hicimos? Buscar el cementerio, tardamos un rato y cuando llegamos era casi la hora de cierre, Nines se tuvo que quedar fuera con el coche y yo hacer unas cuantas fotos. Salimos disparadas y buscamos alojamiento, encontramos uno que parecía majo.

-Buenas tardes, ¿Tienen habitaciones libres?

-Sí, ¿quieren verla antes?

-Ahh, pues sí, genial.

El muchacho nos da la llave de la habitación, abrimos la puerta y me voy hacia la ventana, ¿las vistas? El cementerio, me salió del alma: ¡Perfecto!

Volvemos a recepción.

-Nos la quedamos.

-¿Sí? Las vistas no es que sean las mejores.

-No no, para nosotras son perfectas.

Claro, el chico flipó.

 

En resumen, que aunque a veces es cansado el trabajo y lleva muchas horas de investigación y coche, también solemos pasárnoslo bien. Nos divierte y amamos nuestro trabajo, qué más podemos pedir. Otros diez años de anécdotas como poco, quizás.

Gracias a todos por estar ahí.

Clara, Paloma, Vicky, Mari Ángeles y Yoli

Clara, Paloma, Vicky, Mari Ángeles y Yoli

Historia de los coches fúnebres

Historia de los coches fúnebres

Historia de los coches fúnebres

Como solemos tener la manía de morir en lugares distantes a donde vamos a ser enterrados (no como los elefantes, que para eso son mucho más organizados), la necesidad de trasladar los restos del difunto hasta su morada final ha estado presente a lo largo de la historia.

No es hasta mitad del siglo XVII, cuando las poblaciones empiezan a crecer y las iglesias empiezan a quedar más lejos de las casas, cuando estos carromatos empiezan a ser tirados por caballos. El problema que había es que los entierros no se hacían inmediatamente y al dejar el féretro expuesto a las inclemencias durante días, provocaba que estos se deterioraran, por lo que se empezaron a construir las carrozas fúnebres para evitar que se estropeara la madera. Pero es a partir del siglo XIX cuando estas carrozas empiezan a ser más sofisticadas, con adornos de madera tallada, palomas y pergaminos, además de las pesadas cortinas de terciopelo, siempre construidos a mano en madera de caoba.

Como era de esperar, su mayor auge tuvo durante la época victoriana; después de la muerte del Principe Alberto en 1861, a los ingleses les fascinó el tema de los funerales y las prácticas de duelo, convirtiéndose en un gran negocio de la época, como vimos en el post sobre la moda y el luto.

George Shillibeer fue reconocido como el inventor de este tipo de vehículo grande tirado por caballos en el que se podían transportar también a los familiares. Estos fueron llamados Shillibeer’s Funeral Coaches y fueron muy populares en toda Europa.

Durante esta época también se puso de moda el uso de plumas de avestruz para decorarlos: cuantas más plumas hubiese, más posibles tenía el finado o su familia. El coche era tirado por caballos negros si el dufunto era un hombre; las mujeres y los hombres solteros, blancos. Si el dueño de la funeraria no disponía del caballo del color correspondiente, lo teñía.

El primer coche fúnebre motorizado, eléctrico para ser más exactos, no fue creado hasta 1907, para el funeral de Wilfrid A. Pruyn. Fue inventado por HD Ludlow, que encargó la construcción del vehículo basado en la carroza de caballos y el chasis del autobús. Esto hizo que los clientes más pudientes de Ludlow se interesaran por él, y se utilizó hasta en 13 funerales antes de construir uno más grande. Debido a que su coste era bastante caro, este tipo de vehículo no se formalizó hasta los años 20, cuando los motores de combustión se hicieron más poderosos. En 1915, Geissel & Sons integraron la cabina del conductor al resto del coche, por lo que este se hizo menos pesado y más asequible. El formato que todos conocemos, el de grandes limusinas, fue patentado en los años 30 y con modificaciones, es el estilo que se mantiene hasta nuestros días.

Con la revolución del motor ya instaurada en nuestras vidas, fueron las marcas de coches de lujo los que se decantaron por este estilo de coches: Cadillac y Lincoln en EEUU y Canadá, y Mercedez Benz en Europa; hasta 1970, era común utilizar el coche fúnebre como ambulancia, hasta que en 1979 se prohibió por cuestiones de higiene.

Como curiosidad, en Japón, existen dos tipos de coches: el de estilo “extranjero”, el que todos conocemos, o con la parte de atrás modificada en forma de pequeño templo budista.

Pero no sólo de coches vive el hombre, y también existen las motos fúnebres. En 2011, una de estas motos consiguió entrar en el libro de los récord Guinnes como el coche fúnebre más veloz. Su diseño es una moto con una especie de sidecar que va junto a ella. En esta caso la moto elegida fue una Hayabusa que alcanzó los 193km/h

Próximamente: Los coches fúnebres más famosos de la Historia.

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

Grandes funerales: María Guerrero

Grandes funerales: María Guerrero

Grandes funerales: María Guerrero

María Guerrero. Su apellido lo dice todo. Fue una gran luchadora en su época, una mujer de carácter. Se dedicó al mundo de la farándula hasta que llegó a ser una ilustre actriz y una gran empresaria. Compró el Teatro de la Princesa que posteriormente pasó a llamarse Teatro María Guerrero, en el año 1909.Teatro que estuvo vinculado con su vida hasta la muerte, ya que allí fijó su residencia.

Estudió Arte Dramático de la mano de la actriz Teodora Lamadrid. Y cinco años después, con tan sólo 23 años debutó como primera actriz en el Teatro Español. Trabajó con denuedo hasta que, en el año 1894, consiguió crear su propia compañía. En el año 1896 se casó con el aristócrata Fernando Díaz de Mendoza, que a su vez era empresario, actor y director de teatro. Junto a María formó una nueva compañía teatral que recorrió América con un considerable éxito. Tuvieron dos hijos, Luis Fernando y Carlos Fernando, pero ello no les impidió realizar una espectacular gira por el continente americano, Francia, Bélgica e Italia. Más de cien obras teatrales con un gran éxito en todas ellas.

 A pesar de ser una mujer tan transgresora, fue tan dominante y  autoritaria que no reconoció a su nieto, Fernando Fernán-Gómez. Hijo de su primogénito con la actriz Carola Fernán-Gómez, María no aceptó que su hijo se quisiera casar con una actriz y consiguió que Carola fuera contratada en una larga gira por Latinoamérica, pero ella ya estaba embarazada.

A finales del año 1927 volvieron a instalarse en Madrid debido a la enfermedad de la empresaria: esclerosis de riñón.

El 23 de enero de 1928, a las 10 de la mañana, falleció María Guerrero de Mendoza, condesa de Balazote y de Lalaing, marquesa de Fontanar y primera actriz de todos los teatros españoles, cuando estaba a punto de estrenar la obra “Doña Diabla” de Luis Fernández Ardavín.

Falleció en el teatro que tanto amaba. La capilla ardiente se instaló al día siguiente sobre el escenario para que todo el que quisiera pudiera despedirse de tan admirable mujer.

En lo alto del escenario se habían colgado enormes cortinas de terciopelo negro con franjas amarillas, y en el centro, sobre un catafalco, el féretro; a los pies estaba la bandera de la Juventud Socialista Madrileña; en la cabecera se alzaba el estandarte del Sagrado Corazón de Jesús. Formando un círculo alrededor, se encontraban todos los ramos y coronas enviados por amigos y familiares, más de cien. La sala por completo estaba cubierta de paños blancos y a los pies de las plateas, los ramos y coronas, además de en el vestíbulo, se amontonaban. Miles de madrileños pasaron por el escenario del teatro para dar el último adiós a la gran actriz. Tal fue el tumulto, que incluso tuvieron que intervenir las fuerzas del orden pues se acercaba la hora del entierro y aún las colas kilométricas rodeaban el teatro. Esta partía desde la puerta del teatro y bajaba por las calles Tamayo, Almirante, Recoletos, Bárbara de Braganza, Marqués de la Ensenada y Génova.

Multitud de asistentes presenciaron los funerales: escritores, políticos, pintores, personas de a pie,…. Cabe destacar la ausencia de D. Ramón del Valle Inclán. Dicen que el escritor sentía tanta antipatía por María, que a pesar de que sus íntimos le suplicaron que hiciera acto de presencia, se negó en rotundo. Se calcula que desfilaron más de 100.000 personas.

Los Reyes de España enviaron una corona de flores con cintas de los colores de la nación, con la siguiente inscripción: “Sus Majestades a María Guerrero” y un crespón negro: “Alfonso XIII, Rey de España”.

A las tres y media de la tarde, el arca fue bajada a hombros del escenario por sus hijos, Fernando y Carlos; a estos los acompañaban el conde de San Luis, don Juan Ignacio Luca de Tena, Luis Fernández Ardavia y Eduardo Marquina. La carroza, tirada por seis caballos, fue decorada en los costados con las coronas enviadas por Alfonso XIII, Jacinto Benavente, el Ayuntamiento de Madrid, la compañía de teatro del Calderón y una enorme cruz de claveles blancos de sus hijos.

La calle Alcalá dirección a Cibeles estaba repleta de gente esperando la comitiva; el homenaje que le rindieron los diferentes teatros de la ciudad fue espectacular: el teatro Alcázar crespones negros de sus balcones; al pasar por el Infanta Isabel, una orquesta interpretó la marcha fúnebre mientras que los artistas de la compañía lanzaban ramos de flores al carruaje; en el teatro Apolo, la orquesta del teatro interpretó la marcha solemne de Benamor, del maestro Luna, y los integrantes de las compañías se iban integrando al duelo, que lo formaban ya más de 10.000 personas. Todo, todo Madrid, se unió al cortejo fúnebre. El momento más emocionante fue la llegada al teatro Español, el teatro en el que había cosechado sus mayores triunfos; la plaza de Santa Ana, abarrotada, rompió en un silencio que sólo fue roto por los cascos de los caballos y el sonido de los coches fúnebres, sobre los que caía una lluvia de pétalos de rosa lanzada por sus acongojadas compañeras de profesión.

Fue tal la afluencia de público que llegó a la Almudena, donde tuvo lugar el entierro, que el camposanto tuvo que ser cerrado. Más de 1.000 coches formaron el cortejo fúnebre, más las 5.000 que llegaron a acercarse andando.

Anochecía ya, y los criados y porteros y ordenanzas de la Sociedad de Autores encendieron antorchas que hicieron más majestuoso aún el entierro si cabe. De coche fúnebre descargaron el féretro a hombros Eduardo Marquina, los hermanos Álvarez Quintero, Carlos Arniches t Luis Linares de Becerra.

El momento más emotivo fue la presencia de su marido, que los médicos, por su delicado estado de salud, le aconsejaron no asistir al sepelio. Llegó en un taxi en el momento en que el arca iba a ser colocada. Se abrazó desconsolado a Jacinto Benavente exclamando: “Se acabó para siempre”.

.Sus restos mortales descansan en el cuartel número 8, manzana primera, letra A. Su marido, Fernando Díaz de Mendoza se encuentra enterrado junto a ella, en una sencilla sepultura.

Vicky Delgado

Vicky Delgado

vicky@guiadecementerios.com

¿Qué son las macabrillas?

¿Qué son las macabrillas?

¿Qué son las macabrillas?

Como ya mencionamos en una ocasión, pasear por España es imbuirse de historia. Cuando vamos a una ciudad de turismo, nos enseñan o buscamos los monumentos más significativos: iglesias, castillos, fortalezas, (menos nosotras, que vamos primero a los cementerios).

Gracias a la impresionante historia que posee España y a otras culturas aquí asentadas a lo largo de su historia, hoy, podemos agradecer la gran herencia patrimonial que hemos recibido. Aunque a veces, vamos tan cuadriculados por la vida, que no nos percatamos de pequeños tesoros escondidos, en el lugar más insospechado, en el rincón menos esperado hay mucha historia que contar.

Hoy conoceremos las macabrillas, protagonistas de la historia de España y olvidadas en un rincón de nuestra cultura. Pero, ¿qué son las macabrillas?

Viajamos en el tiempo hasta el siglo XIII para situarnos en la ciudad de Granada, una ciudad ocupada por los musulmanes durante su etapa del Reino Nazarí. En aquellos momentos era una de las ciudades más pobladas de todo el viejo continente, una Granada nazarita habitada por musulmanes con sus creencias y sus costumbres funerarias.

Adelantados a la época, ya los musulmanes enterraban a sus difuntos a extramuros: solían ser recintos ubicados cerca de los caminos que guiaban a las principales puertas de acceso a la ciudad. En aquellos años de esplendor, la ciudad de Granada llegó a contar con siete cementerios, éstos recibían el nombre de maqbara, siendo el más importante de ellos el que está próximo a Puerta Elvira.

En el interior de estas “ciudades de los muertos” era muy común que las sepulturas estuvieran rodeadas por estelas de piedra, mármol o granito. Todo dependía del estatus del fallecido, en las inhumaciones más sencillas – ya sabemos que en la cultura árabe no hay cabida para la cremación- las estelas eran humildes bordillos que decoraban la tumba, no contaban con ornamentación alguna. No eran así las de las personas con mayor renombre en la comunidad: en su última morada era muy común que estas estelas funerarias tuvieran ricos grabados, inscripciones del Corán así como palabras relacionadas con su fe. También era habitual que se trabajara en ella la técnica de azo, representándose el nido de abeja o exquisitas letras cúficas con mensajes epigráficos.

Después de la Capitulaciones de Granada, los Reyes Católicos ordenaros mediante una Cédula Real clausurar los cementerios árabes para, después de pasar al ayuntamiento de la ciudad, utilizarlos como espacios de uso público.

Estas maqbaras granadinas que señalizaban las sepulturas quedaron desamparadas en la historia, y se aprovecharon en las construcciones de diferentes edificaciones que se realizaron por la ciudad. La palabra maqbara, comenzó a sonar por la ciudad, y como para los habitantes cristianos les sonaba algo parecido a “cabrilla”, unieron los dos términos (maqbara y qâbriya) para dar paso a macabrilla, nombre con el que se conoce desde entonces a estas estelas funerarias árabes.

En la actualidad, estas losas se pueden ver diseminadas por toda la ciudad de Granada, lo mismo da si la edificación es de índole civil o religioso, allí donde hiciera falta material de construcción utilizaban estas bellas macabrillas que a lo largo de los años han ido sufriendo un grave deterioro sin que nos demos cuenta de que pertenecen a la historia de España.

En la misma Alhambra y junto a la Puerta de la Justicia si nos fijamos bien podremos ver esos bellos trabajos en nido de abeja. Otro lugar donde se pueden visitar es en la Iglesia de San Cristóbal, o, los muros del Convento de las Carmelitas Descalzas.

Por eso si visitáis esta bella ciudad no dudéis de ir a verlas y al menos ponerlas en la parte de la historia de España que las corresponde.

 

Gracias a Diego Álvarez Peirú por cedernos las fotografías.

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com