Despedidas originales

Despedidas originales

Despedidas originales

A principios de año conocimos que las cenizas de Carrie Fisher, la gran princesa Leia, habían sido recogidas en una urna en forma de píldora de Prozac, recipiente de porcelana que había comprado en los años 50. Carrie siempre tuvo un gran sentido del humor, y quiso pasar el resto de su existencia dentro de la medicina que tan bien le había hecho en vida.

El año pasado, Renato Bialetti, hijo de Alfonso Bialetti, el inventor de la cafetera Moka, o italiana, o la cafetera que todos hemos tenido en casa y que nos costó aprender a abrir, fue depositado dentro de una urna con el formato de la cafetera que representa el negocio de la familia.

 

Otro que fue enterrado “en” su invento, fue Fredric Baur. Ya en los ochenta, insinuó su deseo de ser enterrado dentro del tubo metálico que había inventado, tema que le pareció gracioso a la familia y que permaneció como anécdota hasta que llegó el día, y cumplieron el deseo. Veinte años después de su petición, lo que su familia tuvo que decidir era bajo qué sabor sería enterrado.. Fredric Baur fue el inventor de la lata de las patatas Pringles. Decidieron que el sabor original.

 

Y ya que estamos con los aperitivos, Archibald Clark West, el precursor de los Doritos (que no inventor, ya que estos surgieron de freír los recortes de las tortillas mexicanas caseras que preparaban en Casa de Fritos, el restaurante del dueño del aperitivo del mismo nombre y que el señor West descubrió un día comiendo allí) fue enterrado en un féretro sobre el que se vertieron estos triángulos de maíz para que se pudiera llevar con él su merienda favorita. En este caso se escogió también el sabor neutro, el de los nachos, pues su hija Jana, sabiamente, pensó que a nadie le gustaría llevarse del funeral la mano pringada de especias.

 

Puestos llevarse un recuerdo más agradable del funeral, Ed Headrick, el inventor del Frisbee, fue cremado y sus cenizas se mezclaron con plástico para hacer frisbees que fueron distribuidos entre sus parientes y familiares. Headrick le había dicho a su hijo que quería que sus cenizas “acabaran accidentalmente aterrizando en el tejado de alguien” . Uno de ellos fue lanzado por su mujer al tejado del museo conmemorativo que lleva su nombre en Colombia, Georgia.

 

Mark Gruenwald, editor de Marvel Comics y creador de Squadron Supreme, también cumplió el deseo de que sus cenizas fueran mezcladas con tinta; con esta tinta se reimprimió en edición limitada, claro, su cómic de 1985 y que fue puesto a la venta en los kioscos por 25 dólares.

 

Personalmente, nos gustan este tipo de homenajes, en los que la creatividad no está reñida con la pérdida y el recuerdo.

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

Cementerios de Madrid: General del Norte

Cementerios de Madrid: General del Norte

Cementerios de Madrid: General del Norte

Si bien es cierto que el cementerio de la Almudena lleva acogiendo almas desde hace más de un siglo, hay que decir que antes que él, cuando la ciudad de Madrid no era la gran urbe en la que se ha convertido, había diseminados por la ciudad un pequeño ramillete de camposantos; lugares donde hoy en día se erigen edificios, grandes almacenes o zonas de aparcamiento.

Hay que tener en cuenta que los primeros cementerios extramuros, tal y como ordenaba la Cédula Real de Carlos III, no fueron efectivos hasta que José Bonaparte instó a que se cumpliera. Hasta entonces los enterramientos se efectuaban en el interior de las iglesias (para los más pudientes) o en su defecto, en pequeños terrenos anexos a estas cristianas casas. Cuando éstos se saturaban de cadáveres se efectuaba la llamada “monda de cuerpos”: el cadáver era exhumado y sus restos eran llevados hasta un osario general.

Ya en el resto de Europa comenzaban a brotar los primeros cementerios fuera de las urbes; hay que tener en cuenta que esa época las ciudades eran lugares con una gran deficiencia higiénica que, sumado a la contaminación de las fábricas en plena Revolución Industrial, hacía que la tasa de mortalidad fuera especialmente alta respecto a otras pequeñas ciudades ubicadas en el campo.

En Madrid tuvieron que esperar hasta principios del siglo XIX; como ya hemos mencionado Carlos III lo intentó, pero no fue hasta el reinado de José Bonaparte, que vino con nuevos aires europeos, cuando vieron la luz dos de los primeros cementerios de la ciudad: los cementerios Generales del Norte y del Sur. Vamos a conocer un poco más a fondo uno de ellos, el que se considera el primer cementerio construido en Madrid, el General del Norte.

Este Cementerio General del Norte fue sufragado en parte por los madrileños, ya que se les pidió un óbolo para poder empezar la construcción, y el pueblo de Madrid colaboró con 426.060 reales, dinero que fue devuelto a sus correspondientes donantes a partir de 1831. El alcalde de Madrid, Santiago de Guzmán y Villoria, tenía el propósito de construir cuatro cementerios en la Villa, que llevarían los nombres de San Carlos, San Luis, San Fernando y San Antonio, nombres escogidos en homenaje al rey Carlos IV, la reina Maria Luisa, y los Príncipes de Asturias, Fernando VII y Doña María Antonia de Nápoles. Todos estos estarían basados en la necrópolis de Turín, pero la dejadez, desidia, y la mala época, hizo que se limitara sólo al Cementerio General del Norte, viéndose estas obras interrumpidas en 1808. No fue hasta el 4 de Marzo de 1809 cuando José Bonaparte impuso la creación de estos cementerios en toda España, y en Madrid, la necesidad de tener uno en el Norte y otro en el Sur, como ya pasaba en París.

La zona asignada para el camposanto se consideraba fuera de la población y así lo proyectó el arquitecto Juan de Villanueva. Inspirado en el cementerio parisino de Père Lachaise, la necrópolis General del Norte fue el primer cementerio en construirse en Madrid, conocido también como el cementerio de la Puerta de Fuencarral. Tenía su entrada principal en actualmente conocida calle de Magallanes (cerca de la glorieta de Quevedo). El cometido del primer cementerio de Madrid era acoger las almas provenientes de las parroquias de Santa María, Santiago, San Martín, San Ildefonso, San Ginés y otras cuantas diseminadas por la zona norte de la ciudad.

Para ello Villanueva introdujo un modelo de enterramiento muy habitual en el resto de Europa, el sistema de nichos, más práctico teniendo en cuenta el espacio y el número de fallecidos en la ciudad. Diseñó el recinto dividido en varios patios descubiertos en cuyas paredes se iban distribuyendo las hileras de nichos; algunas de ellas disponían de una considerable altura, haciendo que los sepultureros se las vieran y se las desearan cuando tenían que enterrar en el último nicho. Como todo cementerio, la capilla tenía su gran parte de protagonismo, y la perteneciente a este ya desaparecido cementerio poseía un magnifico pórtico de granito.

 Incluso acogió entre sus muros a personajes ilustres, uno de ellos nada más y nada menos que Mariano José de Larra, cosa rara, porque ya es de todos sabido que Fígaro se suicidó, y los suicidas no tenían cabida en camposantos católicos. El caso es que Larra no debió quedar tranquilo en lo que se suponía iba a ser su última morada, posteriormente sus restos fueron trasladados al Sacramental de San Nicolás, para casi un siglo más tarde volver a viajar, está vez (y esperemos que la última) a la Sacramental de San Justo, donde descansa en el Panteón de los Hombres Ilustres.

También estuvo enterrado en este cementerio, bueno, al lado, el Marqués de San Simón; su hija, compró los terrenos colindantes a este cementerio para poder erigir en él un panteón para su padre. Aceptada su solicitud, encargó a la Real Academia de San Fernando la construcción de este mausoleo. El mom¡numento representaba una pirámide egipcia, circular y estriada, hecha en mármol y decorada con jaspe. Estaba rodeada de cipreses, y en sus caras unos grandes cuadros de mármol, con leyendas e insignias militares, además del escudo familiar, decoraban la pirámide.

Ampliado varias veces a lo largo de su vida, el cementerio del Norte fue testigo silencioso del gran crecimiento de la población; tanto es así que el 1 de septiembre de 1884 tuvo que cerrar sus puertas por no poder acoger más almas entre sus muros. Unos años más tarde, en la capilla del cementerio, se instaló la parroquia de la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores. De nueva creación, allí estuvo hasta que se pudo construir una nueva sede en la calle San Bernardo. Esto sucedió a principios del siglo XX , provocando que entonces decidirán proceder a la demolición del conocido cementerio de la Puerta de Fuencarral.

A lo largo de los años acogió distintas edificaciones, para actualmente ser ocupado por un gran centro comercial de una conocida marca. Hoy en día los madrileños podríamos disfrutar y pasear por uno de los cementerios más antiguos de Europa, en la línea del bellísimo Père Lachaise aunque no es posible, pues el crecimiento de la ciudad se comió literalmente este recinto de descanso para dejar paso a un día de compras, una pena.

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com

Epitafios de escritores famosos

Epitafios de escritores famosos

Epitafios de escritores famosos

Generalmente, cuando os hablamos de cementerios nos vamos a su vertiente histórica; año de construcción, la imponencia de sus panteones, la majestuosidad de sus esculturas. Entre los muros de muchos ellos descansan ilustres personajes; inventores, actores, cantantes y un largo etcétera. Sin embargo muchas veces al centramos en el entorno y en su arquitectura, pasando de largo por un elemento clave en cualquier cementerio: los epitafios.

Está pequeña honra al difunto proviene del griego ἐπιτάφιος, aunque el término que conocemos como hoy en día deriva del latín tardío epitaphium, compuesto por dos voces griegas: epi (sobre) y taphos (tumba).

En líneas generales se considera un buen epitafio aquel que es memorable, que “habla” al lector y le pone en aviso sobre lo efímero de la vida. Algunos también relatan los logros conseguidos por el difunto: hazañas políticas, victoriosos soldados o dejar constancia de su genio. (Ahora mismo me estoy acordando de la sepultura de Alonso Martínez, el epitafio del buen caballero no deja lugar a la imaginación, lo pone todo: sus seis cargos como ministro de distintos ministerios así como su cargo de Presidente del Congreso de los Diputados).

En la gran mayoría de los casos, estas inscripciones sepulcrales las piensan los vivos, es una manera de homenajear al difunto; unos en verso, o pequeños pasajes de la Biblia. Sin embargo, algunas personas ya dejan preparado su epitafio para cuando llegue la hora de marcharse de este mundo. Hoy nos centraremos en los epitafios de algunos escritores, toda su vida escribiendo para los demás que no encontraron mejor manera de despedirse que redactando sus últimas palabras. Veámoslos.

  • William Shakespeare:

“Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos”

En aquellos tiempos era una práctica muy común en Inglaterra el retirar los huesos de la tumba y quemarlos, con semejante advertencia para el sepulturero, Shakespeare se aseguró que nadie le molestase.

  • Molière:

“Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”

Maravilloso epitafio, con razón uno de sus principales objetivos en su vida fue “hacer reír a la gente”.

  • Emily Dickinson:

“Me llaman”

A pesar de sólo publicar siete poemas en vida, es una de las poetisas norteamericanas más admirada de la historia. Su epitafio; corto, claro y conciso.

  • Enrique Jardiel Poncela:

“Sí buscáis los máximos elogios, moríos”

Atacado en vida por su fina ironía, sus palabras no siempre eran bien entendidas. Sin embargo, su epitafio no puede derrochar más verdad.

  • Vicente Huidrobo:

“Abrid la tumba, al fondo de esta tumba se ve el mar”

El poeta chileno tuvo como último deseo que su descanso fuera en una pequeña colina situada en su casa de Cartagena y con vistas al mar.

  • John Keats:

“Esta tumba contiene todo cuanto fue mortal de un joven poeta inglés, quien en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, en el poder malicioso de sus enemigos, deseó que grabaran estas palabras en su sepultura: ‘Aquí yace aquel cuyo nombre fue escrito en el agua”

Aunque el gran poeta romántico hubiera querido que en su lápida constase sólo el último verso, sus amigos: Joseph Severn y Charles Brown le añadieron el resto del párrafo.

  • Edgar Allan Poe:

“Dijo el cuervo: nunca más”

El escritor eligió a tan característica ave, protagonista de uno de sus poemas narrativos más famosos para que le acompañara en su viaje eterno.

Hasta aquí este pequeño recorrido por los epitafios de algunos escritores, desde luego no están todos, aunque seguiremos buscando para daros a conocer estos bellos mensajes.

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com

El entierro de la sardina

El entierro de la sardina

El entierro de la sardina

Las tajadas de vaca;

lechones y cabritos

que por allí saltaban y daban grandes gritos.

Luego, los escuderos: muchos quesuelos fritos

que dan con las espuelas a los vinos bien tintos.

Seguía una mesnada nutrida de infanzones:

numerosos faisanes, los lozanos pavones

ricamente adornados, enhiestos sus pendones,

con sus armas extrañas y fuertes guarniciones.

 

Eran muy bien labradas, templadas y muy finas.

Ollas de puro cobre traen por capellinas;

por adargas, calderas, sartenes y cocinas.

¡Campamento tan rico no tienen las sardinas!

Pese a que el Arcipreste de Hita sólo las nombra de refilón en su batalla de Don Carnal y Doña Cuaresma, hoy celebramos su entierro.

Hay diferentes orígenes que nos hablan acerca de esta tradición: El final de las Carnestolendas, los primigenios carnavales, coincidían con el inicio de la Cuaresma, época en la que hay que hacer penitencia, practicar la abstención y ayunar. Y para señalar el inicio de esos cuarenta días, se enterraba a la “sardina”, el costillar del cerdo (entiendo que por el parecido de las costillas a las raspas de una), como señal de abstención de todos los placeres de la carne (los comestibles y a los que invita otro trozo de carne humano). El teléfono estropeado que es la comunicación verbal a veces, debió de convertir al cerdo en pescado.

La teoría más extendida, y que llamándonos como nos llaman gatos a los madrileños me parece la más fiable, aunque no lo sea, es que a Carlos III le dio por celebrar el final del Carnaval regalando sardinas a todos los madrileños. Recordad la que se lía en el patio de luces de un edificio normal cuando a una vecina le da por hacerlas para cenar, que se entera todo el bloque y dos calles más allá; pues ahora echadle imaginación al hedor que tuvieron que montar las que el rey trajo, ya que se pusieron malas por culpa de un calor inusitado para la época; antes de que Madrid entero sucumbiera en una arcada, ordenó enterrarlas a las afueras de la ciudad, en la Casa de Campo. Y como amigos de la guasa que somos en este país, a falta de memes, nos dio por seguir esta tradición.

Pero esto de las sardinas no está datado. Lo que sí que está es que llegó una partida de cerdos con peste porcina que tuvieron que ser enterrados en la ribera del Manzanares. En aquella época, a los trabajadores les daban 10 minutos para el bocata, y este se trataba de un trozo de pan con una tira de tocino o panceta, a la que llamaban “sardina”, y del nombre y la necesidad de enterrar los cerdos infectados, nació el nombre.

Sea cual fuere cualquiera de los tres motivos por los que se empezó a celebrar, a la Iglesia no le gustó nada que se celebrara esta fiesta pagana el mismo día que comenzaba la Cuaresma, y estuvo prohibida durante varios años. Fueron Bravo Murillo, Madoz en el congreso, y Luis Piernas como alcalde de Madrid, los que defendieron su celebración.

Dependiendo de la zona de España, este entierro se celebraba (y se celebra) de diferentes maneras. Cuenta un periódico de Madrid, El Católico, de 1851, el desfile así : “La grotesca y extraña fiesta que vamos a describir, y que creemos sea de origen egipcio, se reduce a disfrazarse varias parejas, por lo regular gente ordinaria, de frailes, curas y demás empleados de la iglesia, llevando pendones, estandartes, mangas parroquiales y extrañas con escobones o jeringas por hisopo, orinales por calderilla y otras insignias burlescas. Estas turbas conducen al hombro en unas angarillas un pellejo o bota de vino con una careta, o un pelele, en cuya boca ponen una sardina, y de este modo, precedido por un tambor o de clarines o bocinas, recorren muchas veces la pradera, cantando lúgubremente imitando a los cánticos de los entierros y aspergeando a los circunstantes en sus fingidos responsos con los escobones llenos de agua. Cansados de esta bataola, concluyen por enterrar en un hoyo la sardina y ponerse a merendar y beberse el vino del pellejo que hizo de muerto”.

En cambio, en el diario La Época de 1849, hablan del primer enterro de la sardina que se celebró en Sevilla como “una banda de música y un redoblante que abrían la marcha del cortejo fúnebre, a los cuales seguían dos filas de pacientes, todos vestidos de blanco, y al final un carruaje en cuyo centro se levantaba un pequeño túmulo que contenía el cuerpo […] en la Plaza Nueva, se pusieron a bailar alrededor de las cenizas de la sardina, que dejaron allí consumirse. […] Los que en Sevilla han inaugurado el entierro de la sardina, se conoce, por muchas circunstancias, que eran personas muy decentes, pues iban con mucho orden y compostura. El próximo año es probable que veamos también esta ceremonia”

Este festejo fue prohibido en 1936 (oh, ¡qué sorpresa!) y no fue vuelto a celebrar hasta ya entrada la Democracia. En la actualidad, se celebra, al igual que la Cuaresma, en todos las poblaciones de España.

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

El funeral más sanguinario de la Historia

El funeral más sanguinario de la Historia

El funeral más sanguinario de la Historia

Si decimos que el hombre del que hoy hablamos se llamaba Temuyín, seguramente no lo relacionemos con alguien muy importante para la historia. Pero si decimos que hoy vamos a hablar de las honras fúnebres de Genghis Khan, automáticamente en nuestra mente nos vendrá la imagen del fundador del primer Imperio Mongol hace 800 años.

Hablar de la vida de este mítico guerrero es tarea complicada. Para unos fue gran estratega, para otros sin embargo, un sanguinario. Pero lo que conquistó este hombre, teniendo en cuenta la poca población mongola, no lo ha conseguido ningún otro conquistador a lo largo de la historia.

Pero hoy nos interesamos no por su vida, sino por su muerte, un misterio que incluso en la actualidad sigue sin resolverse con claridad, aunque hay multitud de hipótesis al respecto. Historiadores, arqueólogos e investigadores utilizan los más modernos medios para encontrar su tumba, pero …

¿De qué murió Genghis Khan?

Primer enigma, tantas son las versiones vertidas sobre el tema que se han convertido en leyenda. Unos dicen que murió al caer de un caballo, cosa poco probable pues el Khan era un hábil jinete. Otros, barajan la posibilidad de que falleciera por una herida de guerra o debido a contraer el tifus. En este punto incluso Marco Polo, amigo personal del guerrero, escribió en sus libros de viajes:

“Pero al final de los seis años que iba en contra de un determinado castillo que fue llamado CAAJU, y allí le dispararon con una flecha en la rodilla, por lo que murió. Una gran pena que era, pues era un hombre valiente y muy inteligente”.

-  Marco Polo, Los viajes de Marco Polo, Libro 1, Capítulo 50.

Como no hay dos sin tres, algunos investigadores históricos asignan la muerte de Genghis Khan a alguna concubina despechada.

 

¿Cómo fue el entierro del Khan?

Pues aunque parezca mentira esto no es un misterio, aunque todavía quedan preguntas por contestar si se sabe a grandes rasgos qué sucedió desde el 18 de abril de 1227, cuando fallece.

Genghis Khan pidió ser enterrado sin indicación alguna o cualquier signo que pudiera revelar dónde iba a realizar su descanso eterno. Lo que si pidió fue hacerlo con sus seis gatos mientras éstos estaban vivos, porque según su cultura, los ronroneos le guiarían a la otra vida, lo que ellos denominaban la tierra bajo el cielo azul grande. Parece inverosímil que un hombre que conquistó un vasto territorio, desde Europa Oriental hasta el Océano Pacífico, y desde Siberia hasta Mesopotamia quisiera ser enterrado en el más humilde anonimato.

Su cuerpo fue trasladado a Mongolia, se cree que al lugar donde nació. Según cuenta la leyenda, los sucesores de Khan mataron a todo aquel que asistió a su funeral, estamos hablando de unas 2000 personas. Los encargados de tal misión fueron los 800 soldados que trasladaron el cadáver de Genghis Khan hasta su lugar de enterramiento, que tardaron 100 días hasta llegar a él porque murió lejos del sitio escogido. Exactamente en Egipto. Así que a través de los 6.000 km que distan a ambos países, calculad la de gente que se cargaron en el camino sólo por estar mirando hacia donde no debían. Estos soldados a su vez también fueron ejecutados hasta no dejar ningún testigo vivo del lugar. Incluso se dice que caballos pisotearon el lugar con el fin de borrar cualquier vestigio del enterramiento y que el río Onon que fluye en la zona fue desviado de su curso.

Lo que sí se sabe es que al llegar al lugar del enterramiento, los esclavos construyeron una tumba gracias a unos frescos que se han encontrado que parecen que representan el funeral de Gengis Khan, en el que se pueden ver una ornamentada tumba y un ataúd, construida por los esclavos que en agradecimiento, fueron asesinados, claro. Después enterraron a Gengis Khan junto a los 2.000 siervos sacrificados, pues en sus creencias serían necesarios en el Más Allá. Justo después del funeral los soldados mataron a todos los que lo vieron o participaron en él, y para asegurarse de que allí no iba a cantar nadie la ubicación, mataron también a todos los animales de la zona, entre los que se incluían 40 caballos. Ni el Dr. Doolitle podría dar con su tumba jamás.

¿Y, dónde está enterrado?

Otro enigma, ya que al lugar de su nacimiento posteriormente se ha sumado nuevos enclaves. Algunas teorías dicen que se puede encontrar al noreste de la capital de Mongolia. Allí se hallaron restos de lo que creen es el palacio de Khan, aunque inspeccionar esa zona es tarea titánica para los arqueólogos: aparte de la barrera geográfica, se han topado en multitud de ocasiones con la barrera cultural, esa zona es considerada sagrada y sus creencias hablan de la maldición del guerrero, si alguien osa molestar al Gran Khan se acabara el mundo.

Lo que sí se puede visitar es el Mausoleo, en la región de Ordos en China, aunque en realidad es un cenotafio porque no contiene el cuerpo; no es su lugar de enterramiento pero es lo más cerca que se puede estar de la estela de este guerrero que a pesar de todo sigue siendo un misterio dónde está enterrado.

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com

Ofrenda floral en el Cementerio Civil de La Almudena

Ofrenda floral en el Cementerio Civil de La Almudena

Ofrenda floral en el Cementerio Civil de La Almudena

El sábado por la mañana amaneció lloviendo y con un frío que te hacía pensar seriamente el no salir de la cama en todo el día. Pero a pesar del mal tiempo acudimos al cementerio Civil de la Almudena, teníamos una cita.

Nuestros anfitriones, Javier Jara y Paloma nos habían emplazado ese plomizo día a las doce de la mañana, Ágora (Asociación para el diálogo del Ateneo de Madrid) y Fraternidad Cívica realizaban una ofrenda floral a Pi i Margall, Figueras y Salmerón, todos ellos presidentes durante la I República Española.

El evento además contaba con el añadido de la intervención de varias logias masónicas entre ellas la Gran Logia de Madrid y la Gran Oriente de Francia. Todo ello debido a que los tres presidentes eran masones reconocidos, y sus hermanos querían hacer un respetuoso homenaje a estos tres grandes hombres que hicieron tanto por la historia de España.

Llegamos acompañadas por la incesante lluvia que caía. Como siempre, llegamos pronto, la puntualidad para nosotras es casi un mantra. Como en otras ocasiones, fuimos directas a ver a una persona muy querida por nosotras, Maravillas Leal. Algunas veces la hemos limpiado la sepultura, quitado la hojarasca y hablado con ella. Si, hablamos con ellos y además mucho, aunque esta vez también hicimos nuestra pequeña ofrenda floral y adornamos la lápida con unas sencillas margaritas.

Después de nuestro humilde homenaje vemos que se acerca la hora del comienzo del evento. Distintas personas se van acercando a este bello recinto tan lleno de historia y tan abandonado en los últimos años.

No somos muchos, quizás unas veinte personas que con el frío reinante nos agrupamos cerca los unos de los otros. Comienzan las palabras, sentidas palabras, los miembros de las distintas logias nos recuerdan qué hicieron estos grandes hombres, a la vez que nos recuerdan que aquí sigue germinando de alguna manera sus ideales y sus valores. Ahora toca que eso no quede enterrado y se eleve por encima de los muros. Debido al mal tiempo los discursos han sido breves, y se ha procedido a la ofrenda floral. Primero Pi y Margall, luego Figueras para terminar en la de Nicolás Salmerón, tras la colocación de un centro de flores en forma de corazón, los hermanos se han unido de las manos formando un círculo alrededor de uno de los centenarios árboles que posee el cementerio civil. Unas últimas palabras de recogimiento, y con un que la tierra te sea leve, concluimos este sencillo pero sentido homenaje.

Aunque no hemos terminado nuestra visita, Javier y Paloma nos tienen preparado un homenaje más. En 18 de Enero se cumplió  el centenario del fallecimiento de Miguel Morayta y Sagrario, masón reconocido, y aprovechando que se cuenta con la presencia de varias logias masónicas, nuestros anfitriones nos regalan un pequeño viaje al pasado. Como hilo conductor de la historia que alberga este cementerio, Javier y Paloma nos van dando a conocer datos sobre Morayta y sus cargos en la logia masónica. Para culminar el silencio reinante se rompe con las notas provenientes de un violín, primero son notas lentas, pesadas que pronto van in crescendo hasta culminar con una bella melodía.

Seguimos caminando por los estrechos senderos a pesar del frío, nuestros anfitriones nos van desgranando a algunos personajes allí enterrados que a lo largo de su vida pertenecieron a distintas logias masónicas: Arturo Soria, Ramón Chíes, Carmen Burgos y Seguí “Colombine”, Antonio Machado Núñez. Terminada esta pequeña pero intensa ruta, nos despedimos agradeciendo a Javier y a Paloma el trabajo tan encomiable que están realizando para dar a conocer estas historias que esperamos que no diluyéndose en el tiempo.

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com