I Aniversario de Guía de Cementerios

I Aniversario de Guía de Cementerios

I Aniversario de Guía de Cementerios

Hoy hace un año que pusimos en marcha la Guía de Cementerios. Escogimos este día porque es la fecha en la que Carlos III presentó la cédula que indicaba que todos los cementerios debían de ser extramuros. Que no se le hizo caso hasta varios años más tarde, pues también, que a cabezones no nos gana nadie.

Ha sido un año de arduo trabajo, con mucha, muchísima ilusión y la mismas ganas e ilusión de seguir haciendo que la web crezca hasta que metamos la última referencia en ella. Sólo nos quedan unas 16.000 entradas, pero ¿quién dijo miedo?, a cabezotas, como a los españoles del siglo XVIII, tampoco tenemos rival.

Queremos daros las gracias desde ya a todas las personas que nos estáis apoyando, bien desde el principio (tenemos unos maridos y unos hijos que son unos soles y que ya no flipan con nada) y a todos los que nos habéis ido conociendo y dando ánimos a lo largo de estos meses, porque sois un bastión para seguir con esto y nos demostráis que os gusta lo que hacemos; y a quién no le gusta un halago, oye.

Así que queremos darle las gracias (esperamos no olvidarnos a nadie), a Ángel, Paula y Victor, a Raúl y Diego, a Ramón, Sandra y Marcos y a Carla y Julio por ser nuestros fans incondicionales; a Nines y Marijose, que aunque ya no están trabajando con nosotras en la guía, han sido una pieza fundamental en este engranaje; a David, que fue la primera persona “ajena” que abrió los ojos como platos cuando le contamos nuestra idea y nos animó a continuar.

A Toni, Esther, Ainara, Fer y Javier por acogernos con los brazos abiertos y ayudarnos y enseñarnos un montón de cosas; hemos aprendido tanto de vosotros que no sabemos cómo agradecerlo, así que de momento os debemos unas cañas.

También le debemos unas cañas a Jose, que se hacía las rutas de la bici pasando siempre por los cementerios para aprovechar y sacar unas fotos; o a nuestro querido Jesús, barrendero de Ciudad Real, que cuando recogía el contenedor de la puerta nos hacía el favor de tomar unas fotos; al otro Jose, que tiene a la familia hasta las orejas de llevarles a cementerios cuando salen de excursión los fines de semana por hacernos las fotos; a Natalia, a quien alguien le contó nuestro proyecto y cada vez que sale, vuelve con fotos para nosotras; a German, por hacerse sus rutas de runner pasando por los cementerios de Colonia, y a Diego, que desde Portugal no hay semana que no nos mande cien mil enlaces que nos pueden interesar. Y en general, a todas aquellas personas a las que hemos acosado cada vez que sabíamos que se iban a ir de viaje a cualquier parte. Hemos llegado a pedir fotos a gente que habíamos conocido hacía diez minutos. Algunas nos hicieron caso.

También queremos dar las gracias a todas esas personas que nos han ayudado enviando fotos o contándonos historias al correo; en especial queremos agradecerles a todos los trabajadores de los cementerios que nos han escrito para darnos información acerca de los recintos en los que trabajan (y corregirnos algunas cosas, jaja).

Sin olvidarnos de Curro y Patricia, que nos dejaron un sitio en sus programas de radio para dar a conocer nuestro proyecto.

Y en general, a todos los que nos leéis y participáis con nosotras. Muchas gracias, de verdad. Y que sea por muchos años.

Bueno, que parece que nos han entregado un Oscar. Ahora vamos a la parte divertida. No sólo hemos mandado a todas las personas que conocemos con acceso a una cámara de fotos que nos las hicieran, nosotras también hemos salido a documentarnos. Han sido, y serán, muchos kilómetros recorridos, y como era de esperar, han surgido unas cuantas anécdotas. Nosotras llevamos meses riéndonos con ellas, así que esperamos que a vosotros os pase lo mismo.

Mari Ángeles

En una ocasión que acudimos Ángel y yo a un cementerio por el fallecimiento de un conocido a cierta hora de la tarde, después de dar el pésame y demás, salimos para hacer las respectivas fotos al cementerio.

Suele ser tal la emoción que nos embarga cuando encontramos un cementerio que pasamos dentro más tiempo de lo normal, porque además en este caso el camposanto era de tamaño considerable y necesitaba su tiempo, tanto que, cuando fuimos a salir la puerta estaba cerrada, sobrepasamos la hora de cierre sin darnos cuenta y… ¿Ahora qué hacemos? Descartamos la posibilidad de gritar para que nos escuchara alguien, a pesar de que el tanatorio estaba próximo…pues nada, sólo quedaba saltar la valla, que afortunadamente no tenía gran altura.

 

Cuando salimos de excursión o a hacer trabajo de campo, como decimos nosotras, para visitar el mayor número de cementerios posibles y traernos un buen reportaje de fotos, se ha convertido ya en un tópico (aparte de los bocatas para el camino) llevar una escalera de altura considerable, sencillamente porque dado que muchos cementerios están cerrados, y da mucha rabia tenerlo delante de las narices y no poder entrar, abrimos nuestra escalera a pie de muro y así, al menos, alguna foto conseguimos para documentarlo. Antes de pensar en la escalera, pegábamos el maletero del coche al muro, lo abríamos y subidas dentro hacíamos las fotos. Poco a poco vamos avanzando, y ahora nos hemos comprado un dron en Aliexpress para aprender a manejarlo y que ya no haya verja ni muro que se nos resista.

Y el otro instrumento que no puede faltar es el palo de Selfie, que también resulta muy útil, cuando la puerta del cementerio está cerrada, permite introducirlo a través de sus barrotes y hacer unas estupendas fotos como si hubiéramos estado dentro.

Pero no solo hemos encontrado dificultades con los muros, si no que también hemos tenido que bregar con algo a veces más robusto que una pared de piedra, que son los habitantes del pueblo que visitábamos. Todos los pueblos tienen su cementerio, y cuanto más pequeño sea, con más recelo lo guardan. Esto lo descubrió Marijose haciendo el Camino de Santiago este verano, que tardaba una media de 10 minutos en sonsacar el destino del camposanto al habitante del pueblo que preguntara, entre cien mil ¿Y para qué quieres saberlo? ¿ Y por qué haces una guía? Y un sentenciador “Pues vaya trabajo raro que tienes, hija”

Aprovechamos cualquier momento de nuestras vidas para coger el coche e irnos de excursión a hacer fotos. Donde sea. Como a la Soria más profunda en pleno mes de Julio. A unos 50 grados a la sombra. Y es que hay sitios a los que el coche de Google Maps no ha llegado en profundidad, tampoco la cobertura móvil, así que hay que tirar de autóctonos para llegar a los sitios, como se hacía en el siglo XX.

Paloma

Llegamos al primer pueblo pequeño. Vemos una señora mayor. Le pregunto:

– Hola, buenas tardes, ¿el cementerio por favor? 

(La señora me mira muy desconfiada de arriba a abajo, deteniéndose varias veces en mi pelo, que en aquel momento era rojo tomate) 

– ¿Tienen a alguien allí? 

(Recuerdo que a Marijose le han hecho esa pregunta en las aldeas gallegas)

– Ehhh…no, no lo sé. Estamos buscando a una tía de mi madre que sabemos que es de la zona, pero no estamos seguros de que esté aquí, vamos buscando. 

– ¿Cómo se llamaba? 

– María Martín (coño, que casualidad, como mi abuela) 

– No me suena 

– (Pues mire que he ido a buscar un nombre típico) Ya, bueno, por echar un ojo. 

– ¿Pero era de aquí? 

– (No señora, mi abuela era de Coín, Málaga) Creemos que sí, de la zona. No sé, cosas de mi madre. 

– ¿Estaba casada? 

– (Joder con la Stasi) : Sí, el marido se llamaba José García (coño, como el jefe de mi marido) 

– Pues no me suena 

(Ya, señora, menos mal porque es todo inventado, por dios, ¿me quiere dar las indicaciones para llegar al cementerio?) 

– ¿Me puede decir dónde está? 

– No vais a encontrar a quien buscas. 

– YA, pero por echar un ojo…. 

Después de 10 minutos consigo que la señora me diga dónde está.

 

Aldea 2

Señor sacando el coche de su garaje. Le preguntamos. Esta vez la conversación es con mi marido.

– Hola, buenas tardes, ¿el cementerio por favor? 

(Se asoma a mirar quiénes vamos dentro del coche) 

– ¿Tienen a alguien allí? 

– No lo sabemos, estamos buscando a una tía de su madre que sabemos que era de la zona. 

– Pues no está aquí seguro. 

– Vaya, ¿nos puede decir dónde está el cementerio y lo miramos nosotros?

 – ¿Cómo se llamaba? 

– María Martín. 

– Aquí había una María… ¿Cuál era el mote? 

– (Señor, no me voy a inventar un mote ahora mismo que estoy ya cansado) Ni idea, oiga. ¿Me puede decir dónde está el cementerio? 

– No van a encontrarla. 

– Bueno, vale, pero ¿me dice dónde está? 

Cuando ya nos entraron ganas de decirle “mire, ya lo busco yo”, se dignó a decirlo.

 

Aldea 3

Llegamos y tienen dos cementerios. El municipal y el viejo. Es una aldea de unos 30 habitantes. 

10 de ellos estaban en la puerta del cementerio viejo. No nos bajamos. No podíamos enfrentarnos a una decena de interrogadores. Seguimos hasta el cementerio nuevo sin mirar atrás.

 

Aldea 4

Llegamos al cementerio municipal. Hay alguien dentro, y unas llaves por fuera. Nos acercamos.

– Hola, ¿tenéis llave? 

– No.

– ¿Tenéis alguien enterrado aquí? 

– No, pero estoy haciendo una web sobre los cementerios de España y si me dejas hacer unas fotos te estaría muy agradecida. 

– Sí mujer. (lo de la web suena guay y queda impactante)

(No me lo podía creer. Entro, hago las fotos y me paro a hablar con ella frente a la tumba que estaba limpiando) 

– Muchas gracias, llevo ya unos cuantos hechos a través de los barrotes y así es mucho más cómodo. 

– De nada, de nada. (Me quita el estropajo y el cubo de la tumba que estaba limpiando para que le haga una foto) Hazle fotos si quieres. 

– No tranquila, sólo hago fotos panorámicas para que no se vean los nombres. 

Me fijo en su lápida. “Familia Contreras Noseque” me fijo en la de al lado “Familia Noseque Contreras” ; otra, “Familia Contreras Noseque”.

Le doy las gracias y me voy hacia el coche.

Joder, quizás me hubiese llevado menos interrogatorio en el resto de los pueblos si hubiese usado mi apellido desde el principio.

 

Aldea 5

Ya preparados como dos fieras para enfrentarnos a la Stasi, buscamos un Contreras, buscamos un Contreras, llegamos al pueblo y le preguntamos al primer señor que pillamos.

– Hola buenas tardes, ¿el cementerio? 

– Sí, suba por esa calle y al final, ahí lo tiene. 

– Gracias

Joder, cuando ya teníamos todos los cabos atados y el entrenamiento suficiente van y nos lo ponen fácil.

 

Todas este año hemos dirigido las vacaciones hacia las zonas de España de las que nos tocan los cementerios porque somos únicas mezclando ocio y trabajo; algunas de nuestras familias lo sospecharon desde el principio pero se hicieron los locos, así que hemos conseguido combinar piedra y playa. Una de nosotras también se fue de ruta por Europa y de los monumentos típicos os puede contar poco, pero los cementerios se los aprendió al dedillo.

Clara

Cádiz capital, buscamos el cementerio de San José, a la tercera vuelta lo encontramos. ¿Sitio para aparcar? Ninguno. Seguimos dando unas cuantas vueltas más y nada, en la última vuelta que dimos me fije que había mal aparcada una furgoneta con unos operarios al lado, ocupaba más espacio del que debía.

Así que le dije a mi marido que lo dejara en doble fila, que iba a hablar con uno de los hombres.

-Buenos días caballero.

-Bueeeenas.

-¿Le puedo pedir un favor?

-Dime “quilla”.

-Si achucha un poco la furgoneta, acoplo mi coche, es que mire, quiero ir al cementerio (quedaba justo de frente) voy a tardar ná y menos.

-¡Claro, mujer! Faltaría más, es que aquí para aparcar te puedes tirar la vida.

Pues el hombre lo hizo, ¡más majos y salaos los gaditanos!

Entré en el cementerio y resulta que estaba vacío, sólo quedaban las oficinas.

 

 

Cementerio viejo de Chiclana, entramos y veo que tienen oficinas. Decido hacer las cosas bien, presentarme y pedir permiso para hacer las fotos.

-Buenas, mire soy de Guía de Cementerios, una web que está documentando todos los cementerios de España. ¿Le importa que haga fotos?

-Noo, a mi no, pero a los parroquianos seguro que si (palabras textuales).

-Bueno, pues si no le importa yo las hago con discreción, tampoco quiero molestar a las familias.

-Bueno hija, pero con cuidado, si viene alguien a quejarse dejas de hacer fotos.

-Si si, claro.

Así que entramos en el cementerio, para tardar menos y que no nos pillaran haciendo fotos nos dividimos: los chicos por un lado y yo por el otro.

Parecíamos paparazzi, haciendo fotos casi escondidos entre los matorrales, y detrás de los árboles para que los parroquianos no nos echaran el alto.

 

Vacaciones familiares, antes de irnos a la playa tenemos previsto ir a Véjer para visitar el cementerio y hacer las fotos. Los tres con ropa de playa; bañadores, chanclas, bolsa etc.

Llegamos a Véjer y vemos que hay una oficina de información de turismo, entramos con la intención de preguntar directamente por el cementerio.

-Buenos días

La chica saca el plano de rigor y comienza con la perorata.

-Buenos días, si suben por aquí encontraran el castillo, luego a la derecha está el mirador y…

-Para para, sólo quiero saber dónde está el cementerio.

-¿El cementerio?

-Sí, el cementerio.

– Ahh!! Pues suba la calle y en una rotonda pequeñita que hay a la derecha.

-Gracias y buenos días.

Total, que subimos la calle y cuando llegamos a la rotonda vemos que a la derecha nacen dos calles, y la muchacha de turismo no nos ha especificado si era derecha o derecha derecha.

Casualmente hay dos policías en la rotonda y les pregunto.

-Buenas, ¿el cementerio?

– ¿El cementerio?

(Sí, queremos ir al cementerio, verlo, hacer las fotos e irnos a la playa, si es hoy mejor que mañana).

-Sí señor.

-Ahhh, pues esta primera calle a la derecha…

Según me está indicando veo el final de un cortejo fúnebre, así que corto la palabra al policía, le doy las gracias y tiramos detrás del cortejo, seguro que con ellos llegamos al cementerio.

Los seguimos con discreción, no queremos molestar pero las calles adoquinadas y el ruido que hacían las chanclas no nos ayudaron. Llegamos al cementerio, esperamos fuera a que se realizara el entierro y cuando salió la gente entramos nosotros a verlo y a hacer las fotos.

 

Vamos a pasar el día a un pueblo de Salamanca para ir a ver a unos familiares, antes, paramos en Zorita de la Frontera. Llegamos al cementerio y vemos que está abierto, dentro hay un hombre y una mujer trabajando en una fosa.

Entro y me pongo a pasear viendo que fotos puedo hacer.

-¿Buscas a alguien?

-Sí, a un familiar de mi padre, aunque no sé si está aquí.

-¿Cómo se apellida?

Le digo Del Águila, es el apellido de mi padre y es raro encontrarlo. Me dice el hombre

-¿Del Águila? ¿No tendrás familia en Peñaranda?

-Sí, tengo familia allí.

– ¿Y algunas de tus familiares no serán…..? Me dice los nombre de 3 de mis tías.

-Sí, son mis tías.

-Andaaa, pero si hemos ido juntos al colegio, los conozco a todos.

Pues na, el hombre me dejo hacer fotos, me enseño la sepultura de su padre, me explicó el porqué de su lápida y me contó toda su vida. Llegamos tarde a comer.

 

Voy a unos cuantos cementerios próximos a mi localidad, primera parada, Serranillos del Valle. Según el GPS el cementerio está situado a la derecha de la carretera, siguiendo un camino rural. Bueno, pues me meto (haciendo casito al GPS) y tiro, tiro, tiro, tiro, y ni rastro del cementerio ni los cipreses. Llevaría como 10 min por ese camino cuando veo venir de frente un todoterreno, me echo a un lado del camino para dejarle pasar y cuando llega a mi altura se para.

-¿Dónde vas?

-Al cementerio, pero parece que no llego nunca.

-Es que por aquí no hay ningún cementerio.

-Joder, pues el GPS me pone que sí.

-Pues por aquí no hay nada. Date la vuelta y síguenos porque a partir de aquí el camino se pone mucho peor y no llevas el coche adecuado.

Total, que tuve que maniobrar cien veces para poder dar la vuelta, y seguir a esos buenos hombres que me salvaron de acabar vete tú a saber dónde. ¿El cementerio? Ni lo encontré.

No solo de saturar a nuestras familias vivimos, también hemos empezado a hacer excursiones nosotras a lo Telma y Louise.

Clara

Viaje previsto con Nines para irnos por Cataluña y Aragón en busca de documentación y fotos para la web.

Día de salida, seis de la mañana, me presento a recogerla en la puerta de su casa y me la encuentro vestida como un pincel (yo iba en plan batalla de campo).

-Nines, ¿Dónde te crees que vas con tacones y todo?

– Ayyy, nunca se sabe, a lo mejor encontramos a alguien para hablarle de la web.

(Vale, son las 6 de la mañana, me quedan 400km por delante y 4 días contigo, te vas con tacones).

Llevaba lloviendo toda la noche y la lluvia nos acompañó todo el viaje, no paró. Llegamos al primer cementerio de nuestro itinerario previsto. La lluvia había parado pero el suelo estaba encharcado por todos los lados, y el del cementerio, más. Bajamos para hacer las fotos y Nines con sus tacones por todo el recinto, tac, tac, tac, tac, tac, tac. Se le oía por donde fueras.

-Nines, ahora mismo te quitas los tacones que yo no te aguanto cuatro días con la matraca.

-Nooo, si he traído más calzado, mañana me pongo otro.

-Más te vale porque como no sea así te quedas por tierras mañas.

Continuamos nuestro camino, eso sí, con los tacones llenos de barro, y mi coche también.

 

Mismo día, después de desayunar en Tarazona seguimos nuestro camino, serían las 10 de la mañana, estaba comenzando a bajar la niebla. Llegamos a un pueblo y no encontramos a nadie a quien preguntar por el cementerio. Después de unas cuantas vueltas lo encontramos, estaba cerrado.

Como eso nunca ha sido un impedimento para hacer aunque sea 4 fotos, me pongo en la puerta, meto el brazo con la cámara y comienzo a hacer las fotografías.

Nines se fue por uno de los laterales y al rato de no oír el tracatraca de sus tacones, la llamo.

-Nines! ¿Dónde estás?

Nada.

-Nines!

Silencio.

Al minuto empiezo a oír (a todo esto la niebla había bajado del todo y se podía cortar con cuchillo)

-Estoy aquíííííí.

-¿Dónde?

-Aquííííííí

Tiro para uno de los laterales del cementerio y allí me la encuentro encaramada encima de la tapia, con tacones y todo. Le pasó como a los gatos, que para subir, bien pero para bajar, es otra historia.

Así que la tuve que coger en brazos para bajarla, menos más que es recogidita. Eso sí, allí mismo se quito los tacones.

 

Ultimo día del viaje de Nines y yo, llegamos a Teruel, las cinco y media de la tarde, cansadas de llevar todo el día parando de cementerio en cementerio. ¿ y qué es lo primero que hicimos? Buscar el cementerio, tardamos un rato y cuando llegamos era casi la hora de cierre, Nines se tuvo que quedar fuera con el coche y yo hacer unas cuantas fotos. Salimos disparadas y buscamos alojamiento, encontramos uno que parecía majo.

-Buenas tardes, ¿Tienen habitaciones libres?

-Sí, ¿quieren verla antes?

-Ahh, pues sí, genial.

El muchacho nos da la llave de la habitación, abrimos la puerta y me voy hacia la ventana, ¿las vistas? El cementerio, me salió del alma: ¡Perfecto!

Volvemos a recepción.

-Nos la quedamos.

-¿Sí? Las vistas no es que sean las mejores.

-No no, para nosotras son perfectas.

Claro, el chico flipó.

 

En resumen, que aunque a veces es cansado el trabajo y lleva muchas horas de investigación y coche, también solemos pasárnoslo bien. Nos divierte y amamos nuestro trabajo, qué más podemos pedir. Otros diez años de anécdotas como poco, quizás.

Gracias a todos por estar ahí.

Clara, Paloma, Vicky, Mari Ángeles y Yoli

Clara, Paloma, Vicky, Mari Ángeles y Yoli

Epitafios famosos (falsos)

Epitafios famosos (falsos)

Epitafios famosos (falsos)

Ya hemos hablado de los epitafios, de su significado y de lo que nos quieren transmitir, incluso os desgranamos algunos pequeños ejemplos de estos mensajes de las lápidas de conocidos escritores. Sin embargo, hay otros muchos epitafios que se han convertido en leyenda sin tener el honor de ser colocadas sobre la lápida de su morador. Pensamientos en voz alta sacados de contexto en entrevistas, o también, porque no decirlo, era lo que el sujeto en cuestión quería para su última morada, pero sus deseos no se vieron cumplidos.

La gran mayoría de ellos están cargados con un sarcasmo y una fina ironía que la verdad, hubiera estado bien que se cumplieran los deseos de los fallecidos. Hoy enseñaremos algunos de ellos.

Groucho Marx

Perdonen que no me levante.

Esta cita sólo se le podía ocurrir a unos de los cómicos más influyentes de todos los tiempos; sus frases a pesar del tiempo transcurrido siguen en boca de muchas generaciones. Pero la realidad es que este epitafio fue sacado de una entrevista que le realizaron, no llegando jamás a cumplirse. Puede que los deseos de Groucho fueran estrambóticos, pues también quería ser enterrado encima del féretro de Marilyn Monroe “porque sería la única vez que estaría encima de ella”. Incluso tenía preparado el epitafio para la sepultura de su suegra, la idea era grabar la frase, RIP.RIP. ¡Hurra!, hecho que por supuesto no se llevó a cabo, intuimos que a la mujer de Groucho no le debió hacer mucha gracia. En realidad su lápida es sencilla, sobre un negro intenso se encuentra el nombre del cómico, su año de nacimiento y de óbito y la estrella de David, de acuerdo con la religión que profesaba.

Marilyn Monroe

Mi viaje acaba aquí.

¿Quién no la conoce? Leyenda, considerada icono pop y símbolo sexual por excelencia. Realmente no se sabe de dónde sale lo que se cree que es su epitafio; la realidad es que Marilyn descansa en un sencillo nicho donde su principal ornamentación es la placa donde reza su nombre y los años de nacimiento y fallecimiento. Eso sí, anualmente la visitan miles de personas que la dejan regalos y tributos en su honor.

 

Miguel Mihura:

Ya decía yo que ese médico no valía mucho.

Este escritor y periodista español era hipocondríaco, además de ser una de sus características principales la ironía, así que está todo dicho. Seguramente antes de fallecer dijo esa frase mil veces, aunque la realidad es que en su lápida no consta frase alguna. Lo que sí está, es su cargo como miembro de la Real Academia de la Lengua.

Orson Welles:

No es que yo fuera superior. Es que los demás eran inferiores.

El genial y extravagante director, productor y actor de cine norteamericano, que hizo creer a toda una generación que estaban siendo invadidos por extraterrestres era un enamorado de España. Tanto es así, que cuando falleció de un ataque cardiaco en Los Ángeles en 1895, sus cenizas fueron trasladadas a Ronda, Málaga, y depositadas en el fondo de un pozo situado dentro de la finca de su amigo Antonio Ordóñez. Se dice que cuando se realizó la inhumación de los restos de Welles ya en el pozo había una placa en la que constaba lo siguiente: “Ronda, al maestro de maestros” pues éste había sido un regalo de la ciudad al matador de toros. Lo que sí se sabe es que la frase, que se cree que dijo el director, no consta en la placa donde reposan sus restos, tan solo está su nombre y los años correspondientes a su nacimiento y fallecimiento. ¿La frase? Pues seguramente debido a su enorme ego, la dijo en una entrevista.

 

John Wayne:

Feo, fuerte y formal.

Imposible no imaginar a este hombre a lomos de un caballo y con un sombrero en la cabeza, símbolo de la rudeza y la masculinidad. Su muerte está rodeada de misterio: se sabe que falleció de cáncer de estómago el 11 de junio de 1979, pero casi con toda seguridad el detonante de tal diagnostico fue la radiación a la que se vio expuesto mientras rodaba El conquistador de Mongolia. Los rodajes se realizaron en el desierto de Utah, cerca de un campo de pruebas nucleares; corría el año 1956 y por aquel entonces eran prácticamente desconocidas las secuelas a tal exposición. Del equipo de aquel maldito film fallecieron cuarenta personas, todas ellas aquejadas de cáncer, John Wayne también cayó. El actor hubiera deseado que en su lápida constara, además escrito en castellano, esos tres adjetivos; sin embargo su última esposa contraviniendo sus deseos hizo colocar en su lápida otras palabras:

Mañana es lo más importante en la vida. Ven a nosotros a medianoche muy limpio. Es perfecto cuando llega y se pone en nuestras manos. Espero que hayamos aprendido algo de ayer.

 

Miguel de Unamuno:

Sólo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo.

Considerado uno de los autores más importantes de la generación del 98, rector de la Universidad de Salamanca y uno de los poco que se encaró públicamente con el General Millán Astray. De este encontronazo salió su ya famosa frase: Venceréis, pero no convenceréis, que le costó un arresto domiciliario, lo que no sabía Unamuno es que este retiro obligatorio le iba a costar la vida. Falleció al poco tiempo de manera repentina, sus restos reposan junto a los de su hija mayor en un nicho del cementerio de San Carlos Borromeo de Salamanca. Su epitafio no es el que ha pasado a la historia, sino que reza lo siguiente:

Acógeme, Padre Eterno, en tu seno, misterioso hogar, que aquí vengo cansado y deshecho del duro bregar.

 

Juan Ramón Jiménez:

…y cuando me vaya quedarán los pájaros cantando…

Bello epitafio, si fuera real. En la sepultura de este genial poeta, premio Nobel de Literatura no dice estas palabras. Sólo los nombres de él y de su mujer Zenobia Camprubí Aymar, que teniendo en cuenta lo que se amaban, no es poco. Su sepultura es sencilla, de piedra y está en el cementerio de Jesús, Moguer, Huelva.

Es una lástima que algunos de estos epitafios no llegaran a tallarse en las sepulturas de sus moradores, pues hoy podríamos disfrutarlas a la vez que ellos verían realizados algunos de sus últimos deseos.

 

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Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com

Despedidas originales

Despedidas originales

Despedidas originales

A principios de año conocimos que las cenizas de Carrie Fisher, la gran princesa Leia, habían sido recogidas en una urna en forma de píldora de Prozac, recipiente de porcelana que había comprado en los años 50. Carrie siempre tuvo un gran sentido del humor, y quiso pasar el resto de su existencia dentro de la medicina que tan bien le había hecho en vida.

El año pasado, Renato Bialetti, hijo de Alfonso Bialetti, el inventor de la cafetera Moka, o italiana, o la cafetera que todos hemos tenido en casa y que nos costó aprender a abrir, fue depositado dentro de una urna con el formato de la cafetera que representa el negocio de la familia.

 

Otro que fue enterrado “en” su invento, fue Fredric Baur. Ya en los ochenta, insinuó su deseo de ser enterrado dentro del tubo metálico que había inventado, tema que le pareció gracioso a la familia y que permaneció como anécdota hasta que llegó el día, y cumplieron el deseo. Veinte años después de su petición, lo que su familia tuvo que decidir era bajo qué sabor sería enterrado.. Fredric Baur fue el inventor de la lata de las patatas Pringles. Decidieron que el sabor original.

 

Y ya que estamos con los aperitivos, Archibald Clark West, el precursor de los Doritos (que no inventor, ya que estos surgieron de freír los recortes de las tortillas mexicanas caseras que preparaban en Casa de Fritos, el restaurante del dueño del aperitivo del mismo nombre y que el señor West descubrió un día comiendo allí) fue enterrado en un féretro sobre el que se vertieron estos triángulos de maíz para que se pudiera llevar con él su merienda favorita. En este caso se escogió también el sabor neutro, el de los nachos, pues su hija Jana, sabiamente, pensó que a nadie le gustaría llevarse del funeral la mano pringada de especias.

 

Puestos llevarse un recuerdo más agradable del funeral, Ed Headrick, el inventor del Frisbee, fue cremado y sus cenizas se mezclaron con plástico para hacer frisbees que fueron distribuidos entre sus parientes y familiares. Headrick le había dicho a su hijo que quería que sus cenizas “acabaran accidentalmente aterrizando en el tejado de alguien” . Uno de ellos fue lanzado por su mujer al tejado del museo conmemorativo que lleva su nombre en Colombia, Georgia.

 

Mark Gruenwald, editor de Marvel Comics y creador de Squadron Supreme, también cumplió el deseo de que sus cenizas fueran mezcladas con tinta; con esta tinta se reimprimió en edición limitada, claro, su cómic de 1985 y que fue puesto a la venta en los kioscos por 25 dólares.

 

Personalmente, nos gustan este tipo de homenajes, en los que la creatividad no está reñida con la pérdida y el recuerdo.

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com

Cementerios de Madrid: General del Norte

Cementerios de Madrid: General del Norte

Cementerios de Madrid: General del Norte

Si bien es cierto que el cementerio de la Almudena lleva acogiendo almas desde hace más de un siglo, hay que decir que antes que él, cuando la ciudad de Madrid no era la gran urbe en la que se ha convertido, había diseminados por la ciudad un pequeño ramillete de camposantos; lugares donde hoy en día se erigen edificios, grandes almacenes o zonas de aparcamiento.

Hay que tener en cuenta que los primeros cementerios extramuros, tal y como ordenaba la Cédula Real de Carlos III, no fueron efectivos hasta que José Bonaparte instó a que se cumpliera. Hasta entonces los enterramientos se efectuaban en el interior de las iglesias (para los más pudientes) o en su defecto, en pequeños terrenos anexos a estas cristianas casas. Cuando éstos se saturaban de cadáveres se efectuaba la llamada “monda de cuerpos”: el cadáver era exhumado y sus restos eran llevados hasta un osario general.

Ya en el resto de Europa comenzaban a brotar los primeros cementerios fuera de las urbes; hay que tener en cuenta que esa época las ciudades eran lugares con una gran deficiencia higiénica que, sumado a la contaminación de las fábricas en plena Revolución Industrial, hacía que la tasa de mortalidad fuera especialmente alta respecto a otras pequeñas ciudades ubicadas en el campo.

En Madrid tuvieron que esperar hasta principios del siglo XIX; como ya hemos mencionado Carlos III lo intentó, pero no fue hasta el reinado de José Bonaparte, que vino con nuevos aires europeos, cuando vieron la luz dos de los primeros cementerios de la ciudad: los cementerios Generales del Norte y del Sur. Vamos a conocer un poco más a fondo uno de ellos, el que se considera el primer cementerio construido en Madrid, el General del Norte.

Este Cementerio General del Norte fue sufragado en parte por los madrileños, ya que se les pidió un óbolo para poder empezar la construcción, y el pueblo de Madrid colaboró con 426.060 reales, dinero que fue devuelto a sus correspondientes donantes a partir de 1831. El alcalde de Madrid, Santiago de Guzmán y Villoria, tenía el propósito de construir cuatro cementerios en la Villa, que llevarían los nombres de San Carlos, San Luis, San Fernando y San Antonio, nombres escogidos en homenaje al rey Carlos IV, la reina Maria Luisa, y los Príncipes de Asturias, Fernando VII y Doña María Antonia de Nápoles. Todos estos estarían basados en la necrópolis de Turín, pero la dejadez, desidia, y la mala época, hizo que se limitara sólo al Cementerio General del Norte, viéndose estas obras interrumpidas en 1808. No fue hasta el 4 de Marzo de 1809 cuando José Bonaparte impuso la creación de estos cementerios en toda España, y en Madrid, la necesidad de tener uno en el Norte y otro en el Sur, como ya pasaba en París.

La zona asignada para el camposanto se consideraba fuera de la población y así lo proyectó el arquitecto Juan de Villanueva. Inspirado en el cementerio parisino de Père Lachaise, la necrópolis General del Norte fue el primer cementerio en construirse en Madrid, conocido también como el cementerio de la Puerta de Fuencarral. Tenía su entrada principal en actualmente conocida calle de Magallanes (cerca de la glorieta de Quevedo). El cometido del primer cementerio de Madrid era acoger las almas provenientes de las parroquias de Santa María, Santiago, San Martín, San Ildefonso, San Ginés y otras cuantas diseminadas por la zona norte de la ciudad.

Para ello Villanueva introdujo un modelo de enterramiento muy habitual en el resto de Europa, el sistema de nichos, más práctico teniendo en cuenta el espacio y el número de fallecidos en la ciudad. Diseñó el recinto dividido en varios patios descubiertos en cuyas paredes se iban distribuyendo las hileras de nichos; algunas de ellas disponían de una considerable altura, haciendo que los sepultureros se las vieran y se las desearan cuando tenían que enterrar en el último nicho. Como todo cementerio, la capilla tenía su gran parte de protagonismo, y la perteneciente a este ya desaparecido cementerio poseía un magnifico pórtico de granito.

 Incluso acogió entre sus muros a personajes ilustres, uno de ellos nada más y nada menos que Mariano José de Larra, cosa rara, porque ya es de todos sabido que Fígaro se suicidó, y los suicidas no tenían cabida en camposantos católicos. El caso es que Larra no debió quedar tranquilo en lo que se suponía iba a ser su última morada, posteriormente sus restos fueron trasladados al Sacramental de San Nicolás, para casi un siglo más tarde volver a viajar, está vez (y esperemos que la última) a la Sacramental de San Justo, donde descansa en el Panteón de los Hombres Ilustres.

También estuvo enterrado en este cementerio, bueno, al lado, el Marqués de San Simón; su hija, compró los terrenos colindantes a este cementerio para poder erigir en él un panteón para su padre. Aceptada su solicitud, encargó a la Real Academia de San Fernando la construcción de este mausoleo. El mom¡numento representaba una pirámide egipcia, circular y estriada, hecha en mármol y decorada con jaspe. Estaba rodeada de cipreses, y en sus caras unos grandes cuadros de mármol, con leyendas e insignias militares, además del escudo familiar, decoraban la pirámide.

Ampliado varias veces a lo largo de su vida, el cementerio del Norte fue testigo silencioso del gran crecimiento de la población; tanto es así que el 1 de septiembre de 1884 tuvo que cerrar sus puertas por no poder acoger más almas entre sus muros. Unos años más tarde, en la capilla del cementerio, se instaló la parroquia de la iglesia de Nuestra Señora de los Dolores. De nueva creación, allí estuvo hasta que se pudo construir una nueva sede en la calle San Bernardo. Esto sucedió a principios del siglo XX , provocando que entonces decidirán proceder a la demolición del conocido cementerio de la Puerta de Fuencarral.

A lo largo de los años acogió distintas edificaciones, para actualmente ser ocupado por un gran centro comercial de una conocida marca. Hoy en día los madrileños podríamos disfrutar y pasear por uno de los cementerios más antiguos de Europa, en la línea del bellísimo Père Lachaise aunque no es posible, pues el crecimiento de la ciudad se comió literalmente este recinto de descanso para dejar paso a un día de compras, una pena.

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com

Epitafios de escritores famosos

Epitafios de escritores famosos

Epitafios de escritores famosos

Generalmente, cuando os hablamos de cementerios nos vamos a su vertiente histórica; año de construcción, la imponencia de sus panteones, la majestuosidad de sus esculturas. Entre los muros de muchos ellos descansan ilustres personajes; inventores, actores, cantantes y un largo etcétera. Sin embargo muchas veces al centramos en el entorno y en su arquitectura, pasando de largo por un elemento clave en cualquier cementerio: los epitafios.

Está pequeña honra al difunto proviene del griego ἐπιτάφιος, aunque el término que conocemos como hoy en día deriva del latín tardío epitaphium, compuesto por dos voces griegas: epi (sobre) y taphos (tumba).

En líneas generales se considera un buen epitafio aquel que es memorable, que “habla” al lector y le pone en aviso sobre lo efímero de la vida. Algunos también relatan los logros conseguidos por el difunto: hazañas políticas, victoriosos soldados o dejar constancia de su genio. (Ahora mismo me estoy acordando de la sepultura de Alonso Martínez, el epitafio del buen caballero no deja lugar a la imaginación, lo pone todo: sus seis cargos como ministro de distintos ministerios así como su cargo de Presidente del Congreso de los Diputados).

En la gran mayoría de los casos, estas inscripciones sepulcrales las piensan los vivos, es una manera de homenajear al difunto; unos en verso, o pequeños pasajes de la Biblia. Sin embargo, algunas personas ya dejan preparado su epitafio para cuando llegue la hora de marcharse de este mundo. Hoy nos centraremos en los epitafios de algunos escritores, toda su vida escribiendo para los demás que no encontraron mejor manera de despedirse que redactando sus últimas palabras. Veámoslos.

  • William Shakespeare:

“Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos”

En aquellos tiempos era una práctica muy común en Inglaterra el retirar los huesos de la tumba y quemarlos, con semejante advertencia para el sepulturero, Shakespeare se aseguró que nadie le molestase.

  • Molière:

“Aquí yace Molière, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien”

Maravilloso epitafio, con razón uno de sus principales objetivos en su vida fue “hacer reír a la gente”.

  • Emily Dickinson:

“Me llaman”

A pesar de sólo publicar siete poemas en vida, es una de las poetisas norteamericanas más admirada de la historia. Su epitafio; corto, claro y conciso.

  • Enrique Jardiel Poncela:

“Sí buscáis los máximos elogios, moríos”

Atacado en vida por su fina ironía, sus palabras no siempre eran bien entendidas. Sin embargo, su epitafio no puede derrochar más verdad.

  • Vicente Huidrobo:

“Abrid la tumba, al fondo de esta tumba se ve el mar”

El poeta chileno tuvo como último deseo que su descanso fuera en una pequeña colina situada en su casa de Cartagena y con vistas al mar.

  • John Keats:

“Esta tumba contiene todo cuanto fue mortal de un joven poeta inglés, quien en su lecho de muerte, en la amargura de su corazón, en el poder malicioso de sus enemigos, deseó que grabaran estas palabras en su sepultura: ‘Aquí yace aquel cuyo nombre fue escrito en el agua”

Aunque el gran poeta romántico hubiera querido que en su lápida constase sólo el último verso, sus amigos: Joseph Severn y Charles Brown le añadieron el resto del párrafo.

  • Edgar Allan Poe:

“Dijo el cuervo: nunca más”

El escritor eligió a tan característica ave, protagonista de uno de sus poemas narrativos más famosos para que le acompañara en su viaje eterno.

Hasta aquí este pequeño recorrido por los epitafios de algunos escritores, desde luego no están todos, aunque seguiremos buscando para daros a conocer estos bellos mensajes.

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com

El entierro de la sardina

El entierro de la sardina

El entierro de la sardina

Las tajadas de vaca;

lechones y cabritos

que por allí saltaban y daban grandes gritos.

Luego, los escuderos: muchos quesuelos fritos

que dan con las espuelas a los vinos bien tintos.

Seguía una mesnada nutrida de infanzones:

numerosos faisanes, los lozanos pavones

ricamente adornados, enhiestos sus pendones,

con sus armas extrañas y fuertes guarniciones.

 

Eran muy bien labradas, templadas y muy finas.

Ollas de puro cobre traen por capellinas;

por adargas, calderas, sartenes y cocinas.

¡Campamento tan rico no tienen las sardinas!

Pese a que el Arcipreste de Hita sólo las nombra de refilón en su batalla de Don Carnal y Doña Cuaresma, hoy celebramos su entierro.

Hay diferentes orígenes que nos hablan acerca de esta tradición: El final de las Carnestolendas, los primigenios carnavales, coincidían con el inicio de la Cuaresma, época en la que hay que hacer penitencia, practicar la abstención y ayunar. Y para señalar el inicio de esos cuarenta días, se enterraba a la “sardina”, el costillar del cerdo (entiendo que por el parecido de las costillas a las raspas de una), como señal de abstención de todos los placeres de la carne (los comestibles y a los que invita otro trozo de carne humano). El teléfono estropeado que es la comunicación verbal a veces, debió de convertir al cerdo en pescado.

La teoría más extendida, y que llamándonos como nos llaman gatos a los madrileños me parece la más fiable, aunque no lo sea, es que a Carlos III le dio por celebrar el final del Carnaval regalando sardinas a todos los madrileños. Recordad la que se lía en el patio de luces de un edificio normal cuando a una vecina le da por hacerlas para cenar, que se entera todo el bloque y dos calles más allá; pues ahora echadle imaginación al hedor que tuvieron que montar las que el rey trajo, ya que se pusieron malas por culpa de un calor inusitado para la época; antes de que Madrid entero sucumbiera en una arcada, ordenó enterrarlas a las afueras de la ciudad, en la Casa de Campo. Y como amigos de la guasa que somos en este país, a falta de memes, nos dio por seguir esta tradición.

Pero esto de las sardinas no está datado. Lo que sí que está es que llegó una partida de cerdos con peste porcina que tuvieron que ser enterrados en la ribera del Manzanares. En aquella época, a los trabajadores les daban 10 minutos para el bocata, y este se trataba de un trozo de pan con una tira de tocino o panceta, a la que llamaban “sardina”, y del nombre y la necesidad de enterrar los cerdos infectados, nació el nombre.

Sea cual fuere cualquiera de los tres motivos por los que se empezó a celebrar, a la Iglesia no le gustó nada que se celebrara esta fiesta pagana el mismo día que comenzaba la Cuaresma, y estuvo prohibida durante varios años. Fueron Bravo Murillo, Madoz en el congreso, y Luis Piernas como alcalde de Madrid, los que defendieron su celebración.

Dependiendo de la zona de España, este entierro se celebraba (y se celebra) de diferentes maneras. Cuenta un periódico de Madrid, El Católico, de 1851, el desfile así : “La grotesca y extraña fiesta que vamos a describir, y que creemos sea de origen egipcio, se reduce a disfrazarse varias parejas, por lo regular gente ordinaria, de frailes, curas y demás empleados de la iglesia, llevando pendones, estandartes, mangas parroquiales y extrañas con escobones o jeringas por hisopo, orinales por calderilla y otras insignias burlescas. Estas turbas conducen al hombro en unas angarillas un pellejo o bota de vino con una careta, o un pelele, en cuya boca ponen una sardina, y de este modo, precedido por un tambor o de clarines o bocinas, recorren muchas veces la pradera, cantando lúgubremente imitando a los cánticos de los entierros y aspergeando a los circunstantes en sus fingidos responsos con los escobones llenos de agua. Cansados de esta bataola, concluyen por enterrar en un hoyo la sardina y ponerse a merendar y beberse el vino del pellejo que hizo de muerto”.

En cambio, en el diario La Época de 1849, hablan del primer enterro de la sardina que se celebró en Sevilla como “una banda de música y un redoblante que abrían la marcha del cortejo fúnebre, a los cuales seguían dos filas de pacientes, todos vestidos de blanco, y al final un carruaje en cuyo centro se levantaba un pequeño túmulo que contenía el cuerpo […] en la Plaza Nueva, se pusieron a bailar alrededor de las cenizas de la sardina, que dejaron allí consumirse. […] Los que en Sevilla han inaugurado el entierro de la sardina, se conoce, por muchas circunstancias, que eran personas muy decentes, pues iban con mucho orden y compostura. El próximo año es probable que veamos también esta ceremonia”

Este festejo fue prohibido en 1936 (oh, ¡qué sorpresa!) y no fue vuelto a celebrar hasta ya entrada la Democracia. En la actualidad, se celebra, al igual que la Cuaresma, en todos las poblaciones de España.

Paloma Contreras

Paloma Contreras

paloma@guiadecementerios.com