Sepultura de Caroline Walter

A los que nos gustan los cementerios por defecto solemos tener cierta “predilección” por algunas sepulturas, esculturas o panteones. Si bien es cierto que muchas de ellas guardan los restos de personajes históricos o relevantes para la sociedad, hay muchas otras que son de personas anónimas que a lo largo de los años se ha ido conociendo su historia no por lo vivido, sino por lo significativo de su tumba.

Esto sucede en viejo cementerio de Friburgo de Brisgovia, una ciudad situada en Alemania. Este precioso camposanto estuvo acogiendo almas durante casi doscientos años hasta que en 1872 fue convertido en un hermoso parque, acondicionando el recinto y colocando bancos que invitan al descanso y una fuente. Desde entonces así conviven las tumbas que allí se encuentran; reciben visitas a diario, personas desconocidas que van al parque a pasear, tomar un respiro del trajín de la ciudad o simplemente meditar y acompañar a los difuntos allí congregados.

Pero hay una sepultura que destaca por encima de las demás, no posee gran altura pero es tan bella que llama poderosamente la atención, se trata de la tumba de Caroline Walters.

Tenemos que remontarnos a hace más de 140 años cuando nuestra joven protagonista vivía en una Prusia en pleno crecimiento. Hija de una familia acomodada, su infancia transcurre como las demás niñas. Caroline tenía una compañera de juegos, su hermana Selma. Las dos hermanas eran inseparables y todo apuntaba a que serían dos bellas mujeres el día de mañana.

Pero el destino quiso que sus padres fallecieran, todo el mundo de color de rosa en el que vivían las hermanas se transformó en un plomizo gris de un día para otro sumiendo a Caroline y a Selma en un estado de dolor del que pensaban que no saldrían adelante.

Ambas se trasladan a Friburgo con su abuela y a pesar del dolor intentan sobrellevarlo; se matriculan en la escuela de chicas de la localidad e intentar hacer una vida propia de su edad. Lo consiguieron con el tiempo y ambas se convirtieron en dos bellas señoritas a las que no les faltaban los admiradores.

Selma contrae matrimonio y se lleva consigo a su hermana para iniciar una nueva vida con ella. Por supuesto Caroline estaba encantada de que las dos siguieran juntas a pesar del nuevo rol adquirido por Selma.

Pero una vez más el destino les tenía un nuevo varapalo preparado: Caroline se comienza a encontrar mal, con apenas 16 años su estado de salud comenzaba a ser preocupante. Selma la lleva hasta el médico de la localidad que no pudo hacer más que dar un fatal diagnostico: tuberculosis.

La enfermedad se apoderó rápidamente de nuestra bella Caroline, que fue perdiendo su vitalidad hasta que una fría tarde de invierno exhaló su último aliento.

Si ya perder a los padres supuso un duro golpe para la familia Walters imaginar perder a una joven llena de vida, hermosa y muy querida por todos aquellos que tuvieron trato con ella. Pero para una persona fue especialmente duro vivir esos momentos: Selma quedó hundida; unidas desde siempre, ahora les tocaba separarse por culpa de una cruel enfermedad.

Caroline fue enterrada en el cementerio de Friburgo, en la muralla oriental del camposanto. Su hermana queriendo recordarla de por vida mandó a uno de los mejores escultores de la época una escultura de la joven Caroline, tenía que ser algo hermoso, que emanara la dulzura y candidez de la joven fallecida.

El escultor realizó una magnífica obra; en ella se representa a una Caroline que se acaba de quedar dormida después de haber estado leyendo en la cama. Se la puede ver semi incorporada en el lecho y con el libro todavía en la mano reposando en un lado de la cama. Tanto realismo tiene que en su día se llegó a pensar que era la misma joven bañada en bronce, pero es un hecho sin contrastar.

Una preciosa y conmovedora historia que no habría ido a mayores si no es porque a lo largo de los años siempre, siempre, siempre, en la sepultura de Carolina hay flores frescas.

¿Leyenda? Puede que sí, puede que no.

Al principio podemos pensar que era la misma familia la que le llevaba flores a Caroline, cosa lógica. Los admiradores de la joven y la gente que la conocía también dejaban aquellas flores frescas puntualmente cada mañana. Pero el tiempo pasó, Selma y la familia dejaron de acudir con tanta frecuencia a la tumba, los admiradores ya no admiraban tanto a Carolina y también dejaron de acudir, sin embargo las flores amanecían cada día reposando bajo el brazo de la bella durmiente.

El misterio ha continuado a lo largo de estos años, muchos (sobre todo los trabajadores del recinto) han intentado descubrir quién pone las flores, pero todo ha sido en vano.

Han pasado 148 años y Caroline sigue recibiendo su presente cada día sin que el misterio haya sido resuelto. Podemos pensar que simplemente por la hermosura de su escultura o la tierna historia de su moradora siempre hay algún alma caritativa en este mundo que simplemente pone las flores en señal de respeto o porque le ha cogido cariño a la sepultura, pero realmente nunca lo sabremos, sólo lo sabe Caroline es que quien las recibe y estamos seguras de que estará agradecida de que después de tantos años, alguien se siga acordando de ella.

 

Clara Redondo

Clara Redondo

clara@guiadecementerios.com