Rito funerario Buguia (Filipinas)

Los Buguias son una pequeña tribu, casi reducto de las montañas del sur, de la región de Benguet, en Filipinas. Reducto porque después de la llegada de los españoles, son de las pocas tribus que conservan sus rituales ancestrales y no se convirtieron a la religión cristiana.

Es un pueblo cuya cultura está principalmente basada en los rituales, de pedida de mano, boda, y cómo no, funerario. Conozcamos un poco este último.

Los funerales en la tribu de los Buguias, siguen casi el mismo procedimiento que su ceremonia de pedida de mano, en la que el sacrificio de animales es una parte esencial. Ambos se centran en la comunión con la muerte, y a través de ambos se conoce el estatus de la persona homenajeada.

El primer día, el cadáver es sentado en la “silla de la muerte”, donde permanecerá toda la ceremonia. Una vez sentado, se le darán latigazos mientras alrededor se enciende un fuego, que será avivado para provocar humo y así aligerar el olor de la putrefacción. Este primer día se sacrificará a un cerdo macho y otro hembra, y, si es necesario alimentar a los asistentes al funeral, también un buey o una vaca.

El segundo día, son los invitados al funeral los que preparan la comida, para ellos y la familia doliente.

El tercer día, los hijos del fallecido lo pasan bajo una manta tejida con un solo hilo, que significa la continuidad de las generaciones. Las mantas blancas tienen una gran importancia en la religión y estatus de los Buguias, utilizándolas para sus principales rituales.

A partir del cuarto día, comienzan los rituales más sagrados. Se realizan sacrificios de animales, siempre en pareja macho y hembra, hasta alcanzar el estatus de la persona fallecida. Cuanto más rico o importante, más sacrificios.

Lo funerales Buguias son considerados como una fiesta: comida y bebida para todos los asistentes, guardan vigilia durante la noche permaneciendo despiertos contando anécdotas sobre el fallecido y cantándole canciones.

Los fallecidos con menos poder suelen ser enterrados al tercer día, pero los más ricos suelen ampliar los festejos hasta el quinto día. Este último día se sacrificaban tres cerdos, en número impar, para señalar el final del funeral. Aún así, la tradición indica que el funeral debería de durar “desde el parto de una perra hasta que los cachorros son tan grandes como la madre”, por lo que para los más ricos, el funeral dura más de un mes. Si el fallecido era de muy avanzada edad, se esperaba que el cadáver tardase bastante en ser enterrado. En este caso, el rebaño entero del fallecido era consumido durante este tiempo, excepto si quedaba un cónyuge superviviente, que entonces se respetaba la mitad.

Cuando terminan los sacrificios públicos (con los tres cerdos), el cadáver es colocado en un ataúd hecho de un solo tronco de pino. Pero el ritual no acaba aquí.

La noche siguiente, los parientes cercanos y los maestros del ritual recuperan el ataúd, exponen nuevamente el cuerpo, ofrendan un último cerdo y amenizan la noche cantando otra vez. Treinta y seis horas más tarde, llega por fin el entierro final.

Al día siguiente, salvo malos augurios, cada hijo casado del difunto ofrece una pareja de cerdos en su propio domicilio. Otra ceremonia final, pasados los tres meses, y correspondiente también a los hijos casados, se celebra entre los tres meses y el año del fallecimiento, tiempo en el que el difunto vuelve a socializar con los vivos.

Pero el lugar de enterramiento inicial no tiene porqué ser el final, ya que es normal que los antepasados se aparezcan en sueños a sus descendientes pidiendo que sus huesos sean cambiados de lugar, lo que supone otra serie de rituales.

Durante el periodo español, estos traslados fueron más fáciles ya que estaban enterrados en cuevas o hediduras, aunque antes de su llegada lo hacían en unas vasijas de cerámica. Hasta la llegada de los americanos no se empezaron a enterrar bajo tierra, creando criptas que siempre facilitaran este traslado de restos según indicaciones oníricas.

Paloma Contreras

Paloma Contreras

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